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Andrés Santana, El vuelo de la cometa (capítulo 2): El sueño de un homenaje a las islas Canarias

19 abril, 2012

Rumiaba la oportunidad de publicar el segundo capítulo del libro que escribí en 2003 sobre el productor de cine Andrés Santana –el correspondiente al rodaje de la película “Mararía” (Antonio José Betancor, 1998)- cuando me llegó un correo electrónico como una señal. Juan Antonio Castaño, el más importante director de fotografía de Canarias, me enviaba el enlace donde podía ver, por primera vez, la colección completa de fotografías que realizó durante el rodaje del filme. Fuimos pocos los canarios que trabajamos como técnicos en aquel equipo de rodaje. Castaño, Marta Miró, Gustavo Benítez, Wilo Spínola, yo mismo… Para mí constituyó la mejor experiencia profesional de mi vida. También, la que clausuró una etapa. (more…)

Rodaje en Canarias de Moby Dick (John Huston, 1956): Un insuperable regalo de Navidad

23 marzo, 2012

(Al final se ofrece un índice de las imágenes que acompañan a este texto)

El rodaje de Moby Dick (John Huston, 1956) revolucionó entre finales de 1954 y principios de 1955 la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, en las islas Canarias. Movilizó a más de cien personas entre nativos y provenientes de Inglaterra y Estados Unidos, como cuenta el propio John Huston en sus memorias A libro abierto (Espasa Calpe, Madrid, 1986, tercera edición). En dos meses, con participación decisiva de carpinteros locales, se construyó tanto la réplica de la ballena, de más de 65 metros de largo, como los alargados botes balleneros de dos puntas de mitad del siglo XIX en que se sitúa la obra maestra de Melville.

En 2006, coincidiendo con el 50 aniversario de su estreno puse en marcha un proyecto de recuperación documental sobre el más importante rodaje llevado a cabo en las islas Canarias. Un filme basado en la obra maestra de Hermann Melville, escrito por John Huston y Ray Bradbury, con interpretaciones sobresalientes (Gregory Peck y Richard Basehart, entre otros), momentos inolvidables como el sermón del padre Mapple (Orson Welles), que costó 4,5 millones de dólares y recaudó 10,4, el más taquillero del año en Estados Unidos, aunque decepcionara a una parte de la crítica. A pesar de eso John Huston recibió el premio al Mejor Director del Círculo de Críticos de Nueva York.

La respuesta al proyecto fue inmediata, muy numerosa. Los detalles, emocionantes. El texto que incluyo a continuación es una reescritura inédita hasta este momento del que publiqué un mes después de la muerte de Gregory Peck en el periódico local La Provincia, el 19 de julio de 2003, con informaciones obtenidas del proyecto que inicié tres años después.

Un texto que he preparado para un nuevo colega de Madrid -perteneciente a un grupo de grandes fanáticos de la ballena blanca- que me contactó gracias a este blog. Por él descubrió que la película de Huston se había rodado en Canarias. El caso es que en estos momentos preparan en una monografía sobre la gran novela “donde analizarán como a partir de un arquetipo literario Moby Dick se convierte en icono popular gracias a las múltiples reinterpretaciones gráficas de grandes artistas, dibujantes, ilustradores y pintores, cinematográficas, en cómic y televisión.” Parece que ya cuentan con textos y trabajos gráficos de Fernando Savater, Constantino Bértolo, Jaime Chávarri, Moncho Alpuente, Raúl Guerra Garrido, María Rosa Burillo, Juan Tébar y Manuel Hidalgo, Arturo Pérez Reverte, Antonio Muñoz Molina, José Luis Garci, Eduardo Naranjo, Pepe Hernández, Ricardo Martínez, Fernando Vicente y José Ramón Sánchez. Espero que vea la luz muy pronto.

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Durante la Navidad de 1954 el cine cayó como una nevada insólita sobre la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, que entonces era otro lugar, ciento setenta mil almas en una estrecha franja de costa donde si por ejemplo vivías en los barrios cercanos al puerto de la Luz y querías ver cine de estreno debías organizar una verdadera excursión al otro extremo. Un trayecto que llevaba más tiempo que atravesar hoy toda la isla de punta a punta. Cuentan que la secuencia final de Moby Dick, los diez minutos en los que el capitán Ahab se enfrenta cuerpo a cuerpo con el leviatán, debían haberse rodado en costas galesas primero y entre Azores y Madeira después, pero que el mal tiempo lo impidió. Cuenta Huston en sus memorias que la producción del filme había destrozado dos maquetas de la enorme ballena blanca en el intento. Casi tiran la toalla. No consta quien informó a los responsables de la producción de que 338 millas al sur existía otro archipiélago que casi nunca registraba tormentas y cuya principal ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, contaba con una de las infraestructuras portuarias más avanzadas del Atlántico. Además de la caza de la ballena, en las costas canarias se filmó el epílogo del filme, aquel que muestra al superviviente Ishmael (Richard Basehart) flotando agarrado al ataúd de Queequeg (Friedrich von Ledebur) en alta mar.

Antonio Quevedo, que vive actualmente en Estados Unidos, tenía 23 años en 1954 y fue de los pocos canarios que participaron en el rodaje. “Debieron ser unas cuarenta personas entre técnicos y actores. También se trajeron gente de producción de la Península.” Su labor consistía en coordinar los traslados de los taxis asignados al director y actores principales. Recuerda a Peck como un “tipo asentado, muy pausado, como la imagen que proyecta en la mayoría de sus películas. Casi todo el equipo se alojó en el hotel Parque, en la zona de Triana junto al antiguo muelle de Las Palmas. Sólo cuatro lo hicieron en el hotel Santa Catalina: los actores principales, Gregory Peck, Leo Genn y Richard Basehart; y el director, John Huston.” Bueno, cinco en realidad si sumamos a la periodista francesa Veronique Passani, entonces novia de Peck. Éste aún estaba casado con su primera esposa. Por eso la pareja “por discreción”, explica Quevedo, ocupaba habitaciones separadas en el hotel. Gregory Peck se casó con Passani un día antes de empezar 1956 , año del estreno comercial de Moby Dick. Vivió con ella hasta su muerte el 12 de junio de 2003 a los 87 años.

Carmen Zumbado era entonces vecina del barrio marinero de La Puntilla, situado en el extremo norte de la Playa de Las Canteras. Con el paso de los años se convirtió en mujer clave del cine de Canarias en el sector de distribución y exhibición de películas. Una mujer a la sombra de su marido, el distribuidor Francisco Melo Sansó. Zumbado, entonces una joven veinteañera, recuerda a Peck como un hombre “extraordinariamente alto. Mi casa daba directamente al mar, así que lo veía pasar cada mañana en su barca por delante. Siempre iba de pie y a veces con la pata de palo que lucía en la película. Yo me asomaba al balcón y le gritaba: “¡Gregory, Gregory!” Siempre devolvía el saludo. Daba la sensación de ser un hombre muy educado.” Carmen recuerda con nitidez la imagen de la enorme maqueta de la ballena blanca varada en la ensenada natural que se forma al norte de La Puntilla, delante de la zona conocida por El Confital. También, que utilizaron el llamado Club de los Millonarios como sala de maquillaje y peluquería. Esta sociedad estaba ubicada en la planta alta del bochinche de Juan Pérez, utilizado también por técnicos y actores como punto de encuentro y refrigerio.

Las jornadas de rodaje no fueron largas y siempre se iniciaban a primerísima hora de la mañana. Se sucedieron por ambos lados de la costa que rodea la ciudad. El profesor Pedro Schlueter me confesó un día hace más de diez años que recuerda perfectamente ver el rodaje frente a la costa de la catedral de la ciudad, en el barrio de Vegueta. El equipo, solo si el clima lo permitía, salía en las barquillas balleneras de dos puntas del siglo XIX cargadas de pescado para atraer a las gaviotas. Así hasta que el excesode luz les impedía seguir. Cuando solo había que filmar tomas lejanas de las barcas se llevaban consigo a pescadores y cambulloneros de La Puntilla como improvisados remeros.

Una anécdota habla ciudadanos que se aprovecharon del rodaje para comerse los kilos de carne de res que la producción mandaba a comprar para atraer a las aves. Manuel Pérez González, hijo del conocido boxeador local Carreta lo confirma de esta manera: “En Moby Dick tenía unos amigos a los que encargaban comprar la carne que debían echar para atraer a las gaviotas. Pero ellos lo que echaban al mar eran sobras de pescado. Entonces los precios de la carne eran prohibitivos para los pobres. Gracias a la película se pudo comer mucha aquellos días.” Por su parte, el abuelo de Juan Antonio Carvallo fue el patrón del remolcador Fortunate, el barco que arrastraba la enorme maqueta. “La ballena subía o hundía la cabeza en el mar según la potencia con que la arrastrara el remolcador. John Huston daba orden de dar mucha potencia para que la ballena levantara el morro. Después le hacían señas a mi abuelo para que parara. De esta forma la ballena hundía su cabeza en el mar.”

Antonio Quevedo recuerda los visionados mudos del filme en el cine Avellaneda del barrio de Vegueta –hoy teatro Guiniguada-. También las frecuentes juergas empapadas en alcohol de los miembros del equipo y cómo muchas de ellas se empataban con el trabajo de la mañana siguiente. Otros han testimoniado partidas de póker de Huston y Peck sobre un yate en Las Canteras entre montañas de dólares. Manuel Márquez, que con trece años fue figurante en el papel del grumete del barco y en las barcas balleneras, recuerda ver a su hermano saltar por la borda del yate “una vez que una ráfaga de viento lanzó la montaña de billetes por los aires hasta el mar. La propina que le dieron no la olvidó nunca.” A él, que no sabía nadar, la producción le facilitó un salvavidas “milagroso” que se abría al contacto con el agua. En una de las fotos aportadas al proyecto de recuperación de materiales aparece Manuel Márquez con 13 años a los pies de Gregory Peck entre otros adultos en el puerto de La Luz. En ella aparece también otro niño de raza negra. Ese niño es su hermano. Manuel nunca había visto la foto. Su hermano había fallecido unos pocos años antes.

Otros testigos rememoran una multitud que se divertía viendo como el actor de raza negra Edric Connor cambiaba el color de sus ojos gracias a unas lentillas de colores, desconocidas en la España de la época. Otros, fiestas en el Club Victoria de Las Canteras, saques de honor el mismo día de Navidad en el viejo Estadio Insular -que entonces tenía diez años- y presentaciones a la alta sociedad en el hotel Santa Catalina. Una juerga acabó con el piano de cola del hotel rodando escaleras abajo por una apuesta entre forzudos canarios y miembros ingleses del equipo sobre quién sería capaz de bajarlo a hombros desde el salón hasta el hall. En una ocasión, rememora Quevedo, “se concertó un combate de boxeo entre Edric Connor y un boxeador local.” También asistió Peck, que hubo de saltar al ring para saludar a la enfervorizada multitud.

En el taller del puerto Carbonera Canaria se construyó la réplica de la ballena, de 65 metros de largo. Francisco Correa trabajó como traductor del ingeniero inglés que dirigió la construcción. Recuerda que los ingleses se trajeron carpinteros especializados de fuera, “pero al comprobar la maña de los locales los mandaron de vuelta a Inglaterra a los pocos días.” Juan Socorro, empleado de la Casa Miller, trabajó en la construcción de la ballena “de madera, metal y látex”, como explica Houston en sus memorias. El cuerpo principal “se hizo sobre una chata o aljibe, que era como le decíamos a las barcas que suministraban agua a los barcos fondeados. Tardamos un mes en hacerla.” La cola se construyó de forma independiente. La familia Betancor puede que conserve en una de sus propiedades la réplica de látex del capitán Ahab que se trajo para el filme, según testimonió el director de cine fallecido en 2006 Antonio José Betancor. Aunque Francisco Correa afirma que el muñeco se lo regalaron a “un inglés que solía recalar en Gran Canaria.” Una miniatura de la maqueta que los ingleses trajeron como modelo, de un metro de largo, sigue en paradero desconocido desde que la fotografíe en 2003 en las oficinas de una consignataria de la calle La Naval de Las Palmas de Gran Canaria.

Por último, Quevedo explica que Gregory Peck contaba también con un especialista expresamente traído de Inglaterra para sustituirlo en las escenas más comprometidas. “Idéntico a él, yo lo confundí muchas veces.” Aún así, Peck hubo de colocarse personalmente sobre la ballena en el complicadísimo plano en que le grita maldiciones al cetáceo mientras le hunde el arpón en el lomo. Francisco Correa recuerda que “Gregory Peck felicitó a un operario que se llamaba Sindo por sus maniobras en la escena en que estaba con el pie metido en la ballena. Le dijo que su vida había estado en sus manos.” Huston también se refiere a este momento en sus memorias. El director de origen irlandés nombra uno de los planos rodados esos días en Canarias como el más importante del filme. Aquel en que el brazo de Ahab se balancea inerte como indicándole a los marineros en las barcas que continúen la caza.

La estancia de Gregory Peck, John Huston y el equipo de rodaje de la compañía inglesa Moulin Productions en Las Palmas de Gran Canaria ha traído consigo buenas dosis de literatura y nostalgia. Pero es menos conocido fuera de Canarias de lo que debiera. Moby Dick –el filme más taquillero del año en Estados Unidos en 1956- se rodó hace 58 años y es la película más importante rodado nunca en las islas. Es curioso, porque de Canarias solo muestra mar, cielo y horizonte. Para la ciudad constituyó un inesperado –insuperable- regalo de Navidad del que los canarios solo echamos en falta un detalle: que también se hubiera incluido el nombre del archipiélago en los agradecimientos del principio del filme, donde solo hay referencias a Gales y Madeira.

Índice de imágenes:

1) Los autógrafos de los actores que se desplazaron a Las Palmas de Gran Canaria fueron recogidos por Juana Teresa Bravo de Laguna Blandy.

2) Extraída de la gacetilla Ídolos del Cine sobre el actor Gregory Peck de los años 50, aportada por Luis Serrano Sanz (imagen de la derecha), la imagen de la izquierda muestra a Gregory Peck con Veronique Passani.

3) Gregory Peck entre isleños en el puerto de la Luz. Manuel Márquez aparece a sus pies, junto a su hermano. Aportada por Sergio González Fleitas.

4) Saque de honor en el Estadio Insular. el 25 de diciembre de 1954. La hija del industrial Eufemiano Fuentes, Tere Fuentes le entrega a Gregory Peck un ramo de flores. Aportada por por Juana Teresa Bravo de Laguna Blandy.

5) Collage con imágenes de la construcción de la ballena. De un artículo del periodista Mariano de Santa Ana publicado en La Provincia en agosto de 1997. Son de Leonardo Cabrera.

6) A la izquierda, el muñeco que hacía las veces de capitán Ahab para las tomas más lejanas o complicadas. Foto de Leonardo Cabrera. A la derecha, la maqueta de un metro de largo traída para la construcción desde Inglaterra, tal y como la fotografió La Provincia en 1997 para el artículo de Mariano de Santa Ana.

7) En la revista Radiocinema se publicó el 6 de octubre de 1958 esta página anunciando el estreno en España del filme, dos años después que en Estados Unidos. Aportada por Luis Serrano Sanz.

Andrés Santana: El vuelo de la cometa (capítulo 1)

13 enero, 2012

Congratulándome por la excelente noticia que se hizo pública esta semana, las 11 nominaciones para los Premios Goya 2012 recibidas por “Blackthorn, sin destino”, dirigida por Mateo Gil y producida por Andrés Santana (ambos canarios nacidos en Gran Canaria), comparto el primer capítulo de mi primer libro, la biografía del productor cinematográfico Andrés Santana, publicada en 2003 como complemento al homenaje que le organicé cuando dirigía la sección Foro Canario del festival de Las Palmas en la cuarta edición, y que también incluyó la proyección de un ciclo de películas del productor y la entrega de la Lady Harimaguada de Honor. La entrega de esta distinción, con la presencia en el Auditorio Alfredo Kraus de una amplia representación de su numerosa familia, amigos y colegas de profesión y la interpretación por su amigo el músico Joan Valent de la pieza “Santana”, compuesta ex profeso para ese momento, constituyó, lo digo sin pestañear, el momento más emotivo, honesto y sincero de cuantos se han vivido en este certamen, al menos durante los nueve años que duró mi participación.

El reconocimiento a Andrés Santana como lo que es, el cineasta canario más importante de la historia del cine -entre sus muchos reconocimientos, sus 20 películas como productor han logrado 72 candidaturas a los Premios Goya; a título individual ha obtenido dos estatuillas de 14 nominaciones; ha estado nominado a los Oscar de Hollywood; ganado la Concha de Oro del festival de San Sebastián y el premio Ángel Azul del festival de Berlin -, tuvo su continuidad seis años más tarde con el homenaje -y libro, “El sueño del Monopol”- a Francisco Melo Sansó como principal distribuidor y exhibidor independiente de las islas.

Espero ir subiendo uno a uno los capítulos en entregas sucesivas. Por supuesto que si hay peticiones los puedo adelantar. Solo pondré en estas entradas el texto principal del libro. Me he permitido hacerle pequeñas correcciones que mejoran el original publicado en 2003, así como añadirle algunas imágenes y enlaces que pueden favorecer la comprensión del texto, y ampliar los límites naturales de una publicación en papel.

No incluiré en estas entradas -al menos por ahora- ni el prólogo de Imanol Uribe, el anexo con la filmografía completa, dedicatoria y agradecimientos, fotografías, ni los testimonios que para el libro firmaron Pablo del Amo; Montxo Armendáriz; María Barranco; César Benítez; Gonzalo F. Berridi; Antonio José Betancor; Fernando Bovaira; Mario Camus; José Manuel Cervino; Fernando Colomo; Fernando Fernán-Gómez; José Luis García Arrojo; Carmelo Gómez; Enrique González Macho; Pedro Guerra; Félix Murcia; Gilles Ortion; José María Otero; Juan Potau; José Antonio Rebolledo; Aitana Sánchez-Gijón; José Salcedo; Goya Toledo; Fernando Trueba; Joan Valent y Víctor Manuel. Para eso hay que buscarlo y comprarlo, que aún se puede.

Sí añado la cita del escritor canario Agustín Espinosa que encabezó el volumen. Como suele decirse, una vez publicado, el texto solo pertenece a los lectores. Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo.

No hay mar tampoco aquí. Que el mar es trama de héroes, selva de perdidos y no jaramago de invernadero.

Agustín Espinosa (Crimen)

Capítulo 1: ¿Un mundo maravilloso?

Le pregunto por la primera imagen cinematográfica que guarda en su memoria y Andrés Santana no lo duda un segundo: se recuerda muy chico, diez años quizás, mucho antes de partir a los diecinueve recién cumplidos en su viaje sin retorno a Madrid, viendo a Joselito cantar en una película aquello de “¡Ay, Campaneeera!” en el cine de Las Lagunetas, el pequeño pago situado en el barranco grancanario de La Mina donde nació.

Las islas Canarias están formadas por siete islas y seis islotes. Situadas en el océano Atlántico, muy cerca de la costa norteafricana, su conquista por parte de la Corona de Castilla fue inmediatamente previa a la expansión del Imperio español por América, tras su descubrimiento en 1492. Son, por ello, geográficamente africanas, política y culturalmente europeas y mantienen fuertes lazos de unión con América, especialmente con los países de Venezuela y Cuba. El desarrollo moderno de Gran Canaria -isla más poblada y desarrollada de la provincia de Las Palmas- comenzó con fuerza a finales del siglo XIX por la construcción del Puerto de La Luz y de Las Palmas, que se convirtió pronto en una escala comercial transatlántica ineludible. El lento declinar del puerto, a partir de los años sesenta del siglo XX, se compensó con el importante desarrollo en las mismas fechas de la industria turística. La isla, que hoy habitan setecientas cincuenta mil personas y recibe casi tres millones de visitantes al año, tiene forma redonda -como una pelota de playa partida por la mitad de cincuenta y seis kilómetros de diámetro- y se caracteriza por un clima excepcionalmente benigno, con temperaturas suaves a lo largo de todo el año.

Andrés Santana nació un 31 de enero de 1949 en Las Lagunetas en el interior de la isla, a mil ochocientos metros de altura, en una de sus zonas más altas y frondosas, pero no en el núcleo principal de casas. Él vio la luz en la “enorme casa” de su abuela materna, en un lugar aislado conocido como El Trigo Diego, situado a un kilómetro de distancia barranco abajo. Las Lagunetas, alrededor de cuya parroquia se había concentrado la población de la zona, no debía de superar en aquellos años las seiscientas personas. San Mateo -el municipio al que pertenece este barrio- tenía un total de ocho mil quinientos habitantes en 1950. Es la cifra más alta de su historia: precisamente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, muchas familias -agricultores y ganaderos en su mayoría- se trasladaron a la capital de la isla buscando mejorar su calidad de vida.

Así lo decidieron también los padres de Andrés al poco tiempo de nacer él. Hoy, más de cincuenta años después, Carlos Santana y Sofía Quintana aún viven en la misma casa del barrio de San José de Las Palmas de Gran Canaria donde se instalaron en aquellos años. Andrés es el tercero de siete hermanos y el único de la familia que buscó su destino lejos de las islas.

¿Cuáles son los primeros recuerdos que guardas en tu memoria?

Uno de mis primeros recuerdos fue la muerte de mi abuela paterna, a la que adoraba. Vivía en el cercano barrio de San Nicolás, donde mi abuelo trabajaba como encargado de unas plataneras. Yo acostumbraba visitarlos a menudo y acompaña a mi abuelo a coger plátanos, ordeñar vacas, etc. Cuando regresábamos a la casa, mi abuela se encontraba sentada en su mecedora y yo me sentaba a su lado. Entonces ella me acariciaba la cabeza con su mano derecha mientras se mecía, proporcionándome una serenidad y un placer que, creo, nunca he vuelto a sentir. Cuando murió, mis padres no querían que la viera, porque era muy pequeño; pero conseguí asomarme sin ser visto: la figura de mi abuela transmitía una gran serenidad. Fue la primera pérdida importante de un ser querido y me dejó un recuerdo imborrable.

El barrio de San José se extiende como un brazo de un kilómetro y medio de largo paralelo a la costa en el cono sur de la ciudad. Habitado por familias humildes, remonta sus calles estrechas y empinadas al siglo XVII. Sus casas terreras de no más de una planta de altura se agolpaban, tal y como Andrés lo conoció, en una ladera directamente enfrentada al sol del Atlántico al amanecer. Abajo, entre el sol y el barrio, el verde encendido de extensas plantaciones de plataneras; más allá, solamente el mar, como una sábana añil erizándose al viento, de apariencia infinita.

Escucho a lo lejos un pasacalles risquero que interpreta, a estas horas de la mañana, una melodía popular y pienso en el jolgorio del barrio en fiestas, en cada uno de sus rincones invadidos del calor que solo las personas humildes desprenden. Los nombres de las calles de San José despiertan un mundo de evocaciones que parece extraído del cofre de un tesoro: Amanecer, Ancla, Anillo, Arena, Arpa, Asia, Aurora, Balandro, Bolero, Califa, Centella, Coral, Corsario, Creta, Dragón, Eco, Esfera, Espejo, Estela. Son un laberinto de callejones y callejuelas que Andrés correteó, arriba y abajo, mil veces en su infancia. Para él, que cursó la enseñanza primaria en el colegio del barrio, la vida durante esa primera década de vida consistía en “ir a clase, jugar a fútbol, trastear con los amigos, lanzar las cometas al aire.”

Pero fue la casualidad, o tal vez “la suerte que siempre me ha acompañado”, lo que lo llevaría, acompañado por su madre, de nuevo al pago campesino de Las Lagunetas para vivir con un tío que estaba soltero. Tenía Andrés sólo diez años. Y fue en aquel retorno a su barranco natal donde hizo dos descubrimientos fundamentales para su vida: el del cine, domingo a domingo en las proyecciones vespertinas que se celebraban en la trasera de la casa parroquial; y el más deslumbrante de todos, el de la naturaleza.

Me tocó volver a la casa de El Trigo Diego para ayudar a mi tío, que estaba solo, cultivando la tierra y cuidando vacas. Sobre todo, para hacerle compañía por si pasaba algo. Ese valle fue para mí el descubrimiento de la vida, las plantas, los animales; en él aprendí a amar la naturaleza. Si una cabra paría un cabritillo, era yo quien le daba el biberón, así es que después lo tenías pegado todo el día entre las piernas, como un perrillo. Lo malo es que después había que matarlo. Tengo también una imagen muy cinematográfica: cuando iba a echar la cometa en una era cercana, donde el viento bajaba muy fuerte entre los huecos de la montaña. Solo, en medio de aquel paisaje, con los hilos enlazados entre los dedos y siguiendo con la mirada la cometa en el inmenso cielo azul. A veces sentía deseos de volar, de convertirme en cometa. Con el tiempo, empecé a soñar que volaba como un pájaro y veía, desde el cielo, todo aquél paraje.

El barranco de La Mina constituye el nacimiento de una de las cuatro cuencas que, desde la cordillera central de Gran Canaria, avanzan hacia el este de la isla. Tiene su cabecera a mil ochocientos metros de altura y debe su nombre a una galería horadada en la montaña, que proviene de la vertiente oeste de la isla y por la cual recibe el agua que lo recorre. Muchos habitantes de Las Lagunetas participaron en la construcción de las estrechas conducciones de agua, talladas en la piedra, que recorren su ladera de umbría desde el siglo XVIII. En su tramo inicial, la estrecha garganta de agua es un mundo –hoy único en la isla- de líquenes y musgos, veroles, zarzas y sauces. Las cascadas bajan imparables, especialmente intensas en primavera, golpeando las piedras y dilatando su hendidura hasta formar las dos imponentes laderas del barranco, que cubren su desnudez de roca rojiza y cañahejas amarillas con un denso tapiz de escobonales, codesales y retamares, entre higueras, nogales, castaños, tuneras, pitas y pitones. En las laderas del barranco -especialmente en la zona más cercana a Las Lagunetas-, son numerosas las terrazas o bancales construidos a partir de muros de piedras preparados para el cultivo, principalmente, de papas y maíz.

Los domingos los pasaba enteros en el pueblo, en casa de mi tía Josefa. El día acababa siempre con una película en el cine de Las Lagunetas. Cuando finalizaba la sesión, tenía que volver a la casa de mi tío por aquel barranco. Era un trayecto largo, valle abajo, solo y de noche. Iba con una linterna y me sobresaltaba con cualquier ruido. ¡Era tremendo el miedo que pasaba! Luego oía las historias que contaba mi madre: que si se aparecían leones, que si ballenas… ¡Me aterrorizaba! Afrontar eso en aquella niñez era muy duro; aunque también es verdad que me fue fortaleciendo. Recuerdo también que con once años me peleé con un chico en la fiesta del pueblo. A los dos nos gustaba la misma chica y decidimos pegarnos: el que ganara se quedaba con la chica. Le gané yo, pero al día siguiente alguien me dijo: “¿Cómo has podido pegar a un chico enfermo?” Lloré de rabia, le pedí perdón y nunca más he vuelto a pelearme con nadie. Son recuerdos memorables. Como cuando a mi abuela materna, ya enferma terminal, la trajeron a El Trigo Diego portándola cuatro personas en una silla de mimbre, con su cabello blanco al viento. Yo era muy pequeño y es una imagen que tengo grabada como un sueño. O cuando una noche -en casa con mi tío- de pronto oímos muchos ruidos de voces y griterío por el barranco. No sabíamos qué pasaba. Salimos fuera y estaban buscando a un hombre, un poco retrasado, al que veía y saludaba todos los días. Se había caído por una ladera y se había matado.

La corta edad de Andrés, la abrumadora soledad de la vida en el campo y algunos amigos a los que sólo veía los fines de semana, le procuraron recuerdos intensos e imborrables.

Esos dos años con mi tío fueron los que más han marcado mi forma de ser. Cuando descubrí los pájaros, aprendí a coger los nidos, a alimentar canarios con leche y gofio… Algunas veces los soltaba, aunque no estaban preparados para vivir en libertad. También recuerdo unos lagartos grandes ¡enormes! que había en aquellas montañas. Nunca más los he vuelto a ver. En verano volaba las cometas o me iba a bañar con un vecino a los charcos del barranco. ¡Me encantaba eso de ir a soltar el agua a los estanques, trabajar en el campo, regar el maíz, las papas, el colegio del pueblo! Era un mundo muy diferente al de la ciudad; un mundo maravilloso, que me viene continuamente a la memoria. Siempre que viajo a Las Palmas voy, inevitablemente, a ese lugar y siento que una parte importante de mí se quedó allí. Espero que cuando me muera mis cenizas se esparzan por el agua de ese barranco.

Y esa etapa finaliza cuando tu tío se casa y retornas a Las Palmas.

Sí. Mi madre trabajaba en una pensión por las mañanas y yo empecé a ayudarle; por las tardes iba al colegio de don Andrés, en San José. De los quince a los dieciocho años trabajé en la oficina de una lavandería, en la calle Secretario Artiles, en la otra punta de la ciudad. Por la noche, a la salida, me iba a estudiar intentando sacar el bachillerato. Pero al final no lo acabé. A los dieciocho años me dije: “Tengo que conocer otro mundo.”

Situada en el noreste de la isla, Las Palmas de Gran Canaria se fundó en 1478 y es la ciudad más poblada del Archipiélago canario. Entre 1960 y 1970 -años de pubertad y adolescencia de Andrés-, pasa de ciento noventa mil a casi trescientos mil habitantes, el índice de crecimiento demográfico mayor de su historia. San José linda al noreste con el barrio aristocrático de Vegueta. Al noroeste con el popular de San Juan, apelmazado de casas de colores en uno de los riscos que caracterizan la zona histórica de la ciudad. San José, Vegueta y San Juan: ese fue el triángulo de correrías de Andrés durante su adolescencia, aunque también hacía constantes incursiones al cercano barrio comercial de Triana. Si la magia del cine le había tocado con su varita en las sesiones dominicales de Las Lagunetas, la afición se fue haciendo más intensa tras su vuelta a la capital.

En Las Palmas, en la época en que estudiaba el bachillerato, compraba todos los meses el “Fotogramas” y devoraba todo tipo de películas en los cines de la zona: el Torrecine, el Cairasco, el Cuyás, el Pabellón Recreativo y el Vegueta. Los programas dobles del Torrecine me los tragaba todos. Con los amigos jugaba al fútbol, íbamos a la playa de La Laja, a las discotecas… Estábamos muy unidos aunque respecto al cine había diferencias: yo no sólo iba los domingos con ellos, iba también entre semana. Y las películas que a mí me gustaban, a ellos empezaron a no gustarles. Me decían (risas): “Oye, pero esa película que acabamos de ver, era un poco paquete, ¿no?”

Y ahí comienzas a querer dedicarte a este oficio…

Sí, desde entonces. Yo pensaba diferente; pero no porque tuviera una educación distinta o nuestras familias no dispusieran de los mismos medios, no; quizás es que tenía otras inquietudes. No sé por qué, pero lo cierto es que me llamaban la atención otras cosas. Me gustaba mucho leer historias de aventuras de Jack London, libros de Conrad, los tebeos del Capitán Trueno, El Jabato, El guerrero del antifaz, El príncipe encadenado… Sin quererlo, todas esas lecturas me abrieron otros horizontes; hacían que investigara, que aprendiera. Pero eso sólo se debe a la curiosidad de cada uno, porque, y entonces todavía no era muy consciente, creo que yo quise hacer cine porque lo que me apetecía era contar historias.

Andrés no lo recuerda, pero alguien muy cercano conserva todavía en la memoria su imagen devorando tebeos solo, de noche, en la penumbra del patio de la casa familiar, mientras los demás hermanos dormían en sus habitaciones.

¿Cuáles eran tus películas preferidas?

A todos nos gustaban las películas de vaqueros y de romanos. Esas eran las películas “buenas” de la época. Pero a mí me empezaron a gustar también las películas “raras” que ponían en el cine Vegueta: “El manantial de la doncella”, de Ingmar Bergman, y “Los siete samurais”, de Akira Kurosawa; una que vi en el Torrecine y me impresionó mucho fue “Los Nibelungos”, de Fritz Lang. O las películas francesas de la Nouvelle Vague. Otra que me influyó mucho en aquel momento fue “La busca”, de Angelino Fons, con Jacques Perrin y Emma Penella. Precisamente, esta película la vi en Tenerife el día antes de coger el barco que me traería a la Península.

¿Tus amigos supieron que te ibas?

Yo les decía que quería hacer cine, pero era como decirles que quería ser astronauta. “Ah, sí, sí… vale… ¿y haciendo qué?”, me preguntaban. Y les respondía: “¡Yo, de actor!” Hace ocho o diez años contacté, a través de mi hermana Paula, con uno de ellos, Manolín, quien, a su vez, quedó con Chano y Millares. Habían pasado veinticinco años y, cuando nos vimos, fue un choque enorme, muy duro para todos. Los años transcurridos habían borrado las huellas del tiempo pasado.

Andrés decidió marcharse de la isla para hacer cine un día de febrero de 1968, con 19 años recién cumplidos. No supo cómo fue acogida su decisión en su familia. No pudo saberlo, porque se fue con la excusa de ir a visitar a un amigo que hacía el servicio militar en Tenerife y tardó mas de una semana en entrar en contacto directo con ellos. Esa ausencia le ha marcado durante todos estos años.

Soy el tercero de siete hermanos y todos nos seguimos llevando muy bien, gracias a la relación con mi madre. Ella es una matriarca, dedicada totalmente a sus hijos y preocupada porque todos salgan adelante. Muy pendiente de todos y procurando que el vínculo no se pierda. Hace dos o tres años reunió a más de treinta personas en torno a una comida en el caserón de El Trigo Diego. Ese día vi a familiares que no conocía. Mi madre tiene una personalidad muy fuerte y una gran generosidad. Una tía mía dice que tiene un don especial, que ejerce una atracción intensa sobre los demás. Me recuerda al personaje de la madre en “Las uvas de la ira”: una mujer de una cultura baja -propia de la época-, pero con una sabiduría natural. En situaciones adversas y negativas, ella consigue imprimirles un carácter positivo, esperanzador.

Su casa siempre fue un matriarcado. Las mujeres de la familia, su abuela y su madre, han ejercido en él una fuerza especial: han representado el amor, la protección y también las certezas de una fuga hacia adelante. En contraposición, el silencio presencial de los hombres en el hogar.

Supongo que tu marcha -así, sin avisar- tuvo que resultar dura para todos, tanto para ti como para ellos, y especialmente para tu madre.

Muy dura. Cuando llamé a casa después de mi marcha, ya en Madrid, mi madre me dijo que no podía creerse la información que le estaba dando. Y me dijo: “Hijo, vale, ahora ya estás ahí y está bien, si eso es lo que quieres. Pero trata de ser siempre lo más educado y lo más honrado posible. Y come bien, aunque comas poco, porque eso es la salud.” Yo, que me había ido sin decir nada, hablaba con ella con un miedo terrorífico. Y sé que ella lo llevó muy mal: el hijo que se le va a escondidas y no tiene la valentía de decírselo a la cara. Por ella acepté que se hiciera este libro.

¿Y qué opinaba de que te quisieras dedicar al cine?

Al principio no le gustaba mucho la idea. Pero creo que porque no sabía exactamente en que consistía este mundo y, lógicamente, no se fiaba. Yo tampoco me he molestado mucho en explicarle demasiado. He querido que me vea como un hijo más; que mi actividad no afecte a las costumbres de la convivencia familiar. La última vez que vino a Madrid, cuando vio que estaba bien y que mi casa era “bonita” se quedó más tranquila. Y yo también.

Índice de imágenes:

1) fragmento de la portada de “El vuelo de la cometa”, diseño de Iñaki Cabodevilla. La foto que la preside muestra a Andrés con una lechera al hombro en la casa familiar de El Trigo Diego (Las Lagunetas, San Mateo).

2) Cartel de carretera de Las Lagunetas. Foto de Luis Roca Arencibia realizada durante la preparación del libro.

3) Las Palmas de Gran Canaria en los años 60. En primer término de distingue el castillo de San Cristóbal; en segundo término, las fincas de platanera que ocupaban lo que hoy es el polígono de San Cristóbal. A la izquierda de las plantaciones se distingue el barrio de San José; perpendicular a él, de mayor dimensión y con la catedral asomando, el barrio de Vegueta (fondo fotográfico de la Fedac/Cabildo de Gran Canaria).

4) Cascada de agua en el Barranco de la Mina, realizada durante la preparación del libro en 2002 (foto de Luis Roca Arencibia).

5) De izquierda a derecha y de arriba abajo, afiches de las películas “La busca”, “Las uvas de la ira”, “Los siete samurais”, “El manantial de la doncella” y “Los Nibelungos”.

6) Vista de la plaza de Cairasco con la catedral de Las Palmas en la década de los sesenta del siglo pasado. Está tomada desde el Gabinete Literario (fondo fotográfico de la Fedac/Cabildo de Gran Canaria).

7) De izquierda a derecha y de arriba abajo, distintos momentos de tenderetes organizados en El Trigo Diego en 2003, tras la presentación del libro en Las Palmas; y en 2008: Andrés Santana con su madre, Sofía Quintana, en 2008; parte de la familia Santana Quintana, en 2008; detalle de tenderete en 2003; el alpendre sobre la casa familiar de El Trigo Diego, en 2003; Andrés Santana (2d), junto a un hermano (1d), Antonio Betancor (2i), y mis padres, Daniel Roca (1i) y Yolanda Arencibia(espaldas), en 2003. Andrés Santana es dado a creer en la fuerza del destino. La misma semana de marzo de 2003 que se presentó el libro, y durante su estancia en Las Palmas por el festival, moría el tío con el que había pasado parte de su infancia en El Trigo Diego (Las Lagunetas, San Mateo).


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