«Salvatierra (la precuela)», un relato corto de Luis Roca


1.

Algunos decían que venía del moro, así, con esas palabras, los muy facciosos. Otros decían que no, que de “mucho más abajo, segurísimo”, del África negra, “llegaron con esos negritos en una de las pateras de esas”. Todos tenían claro una cosa -lo habían confirmado las autoridades-: el bicho ruin aquel no era local, había sido importado y lo peor, se estaba comiendo todas las tabaibas de la isla hasta poner la planta endémica en grave peligro de extinción.

Se organizaron heroicas batidas. Medio Ambiente del Cabildo aprovechó la coyuntura para darse el pisto. Todo era en vano. Había que quitarlos de la planta ¡uno a uno! Y desde que ocurrió lo del dedo cercenado del voluntario se redujeron drásticamente las salidas. Todo esto confirmaba certeramente el dicho popular: “aquí todo el mundo es muy macho hasta que la cuca se echa a volar.”

La respuesta llegó tarde. Las autoridades habían respondido lenta e indolentemente. ¿Cómo se podía ser indolente en un caso de salud pública como este? Quizás se encuentre explicación del radical desnorte de la acción política en la isla si se dice que el último bando institucional antes de la crisis instaba a la población “a vestirse en su día a día con ropas que cumplan las expectativas del turista que nos visita en aras a lograrle una mayor ensoñación durante la experiencia y, así, incrementar el volumen de gasto generado en destino”. Nadie entendió si eso significada salir en chándal y cholas, traje típico o casa uno a su bola, como siempre, así que todos siguieron saliendo a la calle igual, los que tenían traje típico lo siguieron reservando para las romerías.

Muchos nativos vieron en la iniciativa la quintaesencia del desbarre. Sin embargo, casi nadie se dio cuenta de que era en realidad una calculada maniobra para hacerse pasar la propia administración pública por toleta, una cosa que está grabada a fuego en el ADN local, conseguir las cosas disimulando que se buscan otras, o no se busca nada porque no se tiene capacidad. Menospreciar a la administración pública canaria es un gravísimo error que ha propiciado que en las islas estemos instaladas, desde el nacimiento de la autonomía, en el día de la marmota. Perdonen la digresión, vuelvo a las orugas.

Los que tenían traje típico lo siguieron reservando para las romerías

Cuando los políticos no funcionan, los extremistas aprovechan para generar más caos. De un lado, la culpa es de la inmigración, que producía un efecto llamada -¡también de orugas!- que con el tiempo sería ingobernable. Del otro, no se podía atentar contra un lepidóptero del mundo natural. Y si hay mutaciones, como parece, esas consecuencias son propias del cambio climático, “así que los culpables son las petroleras multimillonarias, que los ricachones que han generado el problema paguen ellos la solución”.

En el interior de la isla, los campurrios, desorientados y resignados como siempre, miraban por sus propios ingresos y se preguntaban rosario en mano o mecánico amarillo en labio qué sería lo siguiente que atacaría la oruga cuando ya no quede ni una sola tabaiba en pie. Unos decían los berros, otros los nísperos, los tajinastes, las fresas. Otros lo tenían claro, irían a por las tuneras, ya muchas se veían marcadas -decían- por ese polvillo blanco característico que en otros tiempos había delatado a la cochinilla hoy felizmente extinguida.

Preocupaba a la población haber visto a las orugas engordar poco a poco y, sobre todo, hacerse más grandes en tan corto lapso de tiempo. Y mucho más que las autoridades locales lanzaran alertas sin tino desde la sajada del dedo del voluntario de Medio Ambiente. Primero se prohibieron las actividades de senderismo en zonas de montaña, también las actividades escolares fuera del perímetro urbano de los pueblos. Después, establecieron perímetros en toda la zona rural, prohibiendo taxativamente el acceso.

Todo empezaba a ser muy raro, como si las autoridades supieran cosas que no habían comunicado a la población, obligada en fines de semana a abarrotar las playas y los centros comerciales. Es lo que rumiaba Emeterio en su siesta mientras dos bichejos de esos le subían inadvertidamente por la pierna derecha a la velocidad del rayo. Al calmo y hedonista santaluceño no le dio tiempo a reaccionar desde que sintió ay uh ahhh un fuerte picor que pronto se transformó en intensísimo dolor, como nunca había sentido, y enseguida en pánico cuando alcanzó a tocarse con la mano izquierda el muñón de la pierna. Allí mismo murió desangrado. Igual que él, todos los vecinos de Ingenio de Santa Lucía.

Todo empezaba a ser muy raro, como si las autoridades supieran cosas que no habían comunicado a la población

Cuando las autoridades municipales entraron al pago no podían creer lo que veían, de la tienda de Consuelito unos gusanos del tamaño de un ser humano avanzaban como locomotoras verdes rompiendo ventanas y puertas. Pero pronto todo fue a peor. ¡Eran polillas! ¿Qué es ese zumbido? El batir de las alas de los invertebrados recién transformados hacía imposible permanecer cerca. ¡Retirada! gritó el sargento Gil, corrupto él, antes de que uno de aquellos enormes helicópteros de sonido ensordecedor posara una de sus ocho patas encima de su cabeza. Quién le diría al bravucón de Gil, acostumbrado como estaba a mandar en la zona con mano de hierro y gesto del egipcio, que acabaría sus días con la cabeza escachada por la pata peluda de una polilla gigante.

Bomberos, policías nacionales, locales y de la guanchancha, guardias civiles, hasta la UME enviada por la señora aquella. Quien probó suerte obtuvo muerte a cambio. Qué dos palabras tan enigmáticamente parecidas. Quien logró huir del caos sucumbió al llegar al barranco de Guayadeque, de cuyas cuevas restaurantes al final de la carretera salió otra división más de este poderosísimo ejército destructivo. ¿Pero cómo así, no se alimentaban solo de las plantas? ¿Eran esos bichos atroces que empezaron pareciendo inofensivas y hasta delicadas y bellas orugas verdes la mismísima encarnación del mal, Lucifer, Mefistófeles, su viva representación reptil y volátil sobre la faz de la tierra?

Para los hombres y mujeres que se los encontraron, sin duda. Sin ayuda exterior, con todo el arco político poniendo pies en polvorosa, cualquier ser humano de la isla estaba condenado a morir, hoy sabemos que no quedó vivo ninguno.

2.

Sin humanos, Gran Canaria estaba más hermosa que nunca. Como consecuencia del tren de borrascas de los diez años siguientes, Anamaría, Belinda, Celedonio, Doramas, Eusebio, Fajardo, Gloria, Herminia, Ignacio, Jimena y así hasta 28 tormentas por año, las presas rebosaban agua como desde hacía décadas, con caideros que ríete tú de Iguazú, las palomas volaban posándose sin oposición en cornisas, balcones y esculturas, perros y gatos se cagaban alegremente en las rotondas. Desde el espacio exterior, un satélite ruso captó un rebaño de cabras y vacas pastando la seba de la playa de Las Canteras. Las estridentes cotorras habían certificado su supremacía en toda la zona centro y sur hasta el punto que difícilmente podía oírse el canto de otros pájaros silvestres. Y los conejos entraban y salían de sus madrigueras alegremente sin miedo a los cazadores jugando a perseguirse entre carteles de coto de caza. Así que las polillas gigantes de Gran Canaria, que en realidad eran sofisticados drones biomecánicos enviados por el ejército de la República Popular China para dominar esta zona estratégica del Atlántico, crecieron y se multiplicaron en un escenario bello y propicio, dispuestas a terminar con todo que le opusiera resistencia.

Hoy, cincuenta años después, con la perspectiva que da el conocimiento de los hechos, sabemos que el motivo de las frecuentes escalas del presidente chino Xi Yin Ping en la isla los primeros años del siglo XXI formaba parte de un meditado plan de expansión del gigante asiático por todo el mundo, ocupando enclaves estratégicos. Con el mundo dividido en tres potencias: los Estados Unidos de Israemérica; Rusiauropa y el Chinapón; y el resto del planeta sometido a ellas repartido por zonas de influencia, la conquista chinaponiense de Gran Canaria en 2072 exterminando a toda su población para convertirla en un lugar inmenso resort donde poder descansar la clase trabajadora china, formaba también parte del pacto para que el gigante asiático se quedará con el control de la mitad oeste de África una línea recta que empezaba al este de Libia en el norte y terminaba en Sudáfrica.

De Gran Canaria, los chinapones recuperaron toda su capacidad hotelera, intacta en muchos de los casos, y, en solo cinco años, realizaron algunas reformas “en la superficie”. Especialmente llamativo fue que tiraran abajo las urbanizaciones de Playa del Hombre, Hoya Del Pozo y La Garita, a excepción de la casa donde vivió la escritora china Sanmao, para convertir la zona en un gigantesco memorial dedicado a la autora de “Los cuadernos del Sáhara”, un recinto ajardinado donde predominaban enormes hortensias, ibiscos y esterlicias creados en laboratorios. Cerca de allí, a trescientos metros del Bufaero, se erigió una escultura de 97 metros, “mayor que la Estatua de la Libertad”, repetía orgullosa la propagada del régimen comutalista. Imagina la superficie que ocupaba que el acceso para las visitas empezaba a 200 metros hacia la costa de la tienda sueca de muebles Ikea, hoy convertida en enorme merendero para los visitantes que aguardaban su entrada.

Toda la franja norte, de lo que antiguamente se conoció como Costa Ayala hasta Quintanilla, los chinapones la transformaron en un enorme huerto que regaban diariamente con nubes artificiales, el gran éxito del régimen, cuidado por ochenta mil expertos labrantes escogidos de las regiones rurales de China. Todos vivían en la que había sido la capital de la isla desde Juan Rejón, ahora convertida en una ciudad dormitorio para acogerlos a ellos. De Las Palmas se tiró todo abajo, excepto los hoteles de más de tres estrellas, cuyas habitaciones eran ahora viviendas para los agricultores de mayor rango. El resto dormía en los bloques típicos del régimen, rascacielos de cuarenta y dos plantas de altura, diez viviendas por planta, ocho ascensores, servicio de comedor y lavandería y una zona de esparcimiento con sala de televisión, casino pequeños comercios y bares ocupando las plantas 10 y 11. Abajo la ciudad era una enorme zona diáfana de cemento blanco y hormigón, con todo tipo de parques y zonas ajardinadas, lo que viene siendo un lujo asiático.

A trescientos metros del Bufaero se erigió una escultura de 97 metros, “mayor que la Estatua de la Libertad”

El hangar donde permanecían dormidas las polillas, un espacio subterráneo gigantesco, era además criadero de larvas de orugas más sofisticadas que las de la primera generación. El rumor más extendido era que se accedía a él a través de las cuevas de Acusa Seca. Se creía que ocupaba una superficie entre Fagajesto en Gáldar y los Tilos de Moya.

El único superviviente de aquel acto brutal de exterminio fue un niño galdense -Enrique Salvatierra, el hijo del del McDonald- que consiguió escapar esquivando a las jaurías de perros de caza la montaña de Ajódar. Desde ahí, un día de mar especialmente bravío, fue testigo de cómo tres divisiones de polillas gigantes se elevaban a la altura del faro de Sardina rumbo a Tenerife.

No sé sabe cómo Enriquito sobrevivió a la masacre de más de un millón de personas en menos de dos semanas, entre nativos y turistas, pues después se supo que los monstruos estaban equipados con radares ultrasónicos capaces de rastrear con total precisión humanos en un radio de treinta kilómetros. Tampoco como resistió años solo en la enorme Cueva de Sansón en el dorsal de la montaña. La leyenda dice que vivía dentro de pieles frescas de perros.

Tampoco voy a entrar ahora a profundizar en el porqué de las malas decisiones de Enriquito, debidas seguramente a una educación consentida y su carácter idealista desde la infancia. Para muchos era consecuencia de una abuela con pocas luces que leía más de la cuenta sobre política y todo el día andaba que si la revolución para arriba y abajo, la pobre murió quedándose con las ganas ¡como tantos! Solo puedo adelantar que Salvatierra el chico eligió mal al enfrentarse a la fuerza chinapona en vez de aliarse con ella. ¿Quizás por estar incomunicado y no saber que en aquellos tiempos los Estados Unidos de Israemérica habían perdido todo el prestigio por el desastre de las guerras en Oriente Medio y que los ideales de aparente democracia liberal que defendían estaban en caída libre? Ya nadie confiaba en aquel sistema, después de siglos de hegemonía había colapsado como los dinosaurios.

Tampoco se sabe como resistió años Enriquito solo en la enorme Cueva de Sansón en el dorsal de la montaña.

El penúltimo de los Salvatierra no supo entender que la democracia era un modo de conducirse fallido cuando grupos demasiado numerosos de ciudadanos se unen para plantarle cara a las élites. Y que, frente a eso, el modelo chinaponés de mando único popular no tenía rival. Era fuerte, dentro y fuera, y generoso con los miserables. Sí, es cierto que podía haberse convertido en un régimen salvajemente cruel con los detractores y ultraviolento en sus conquistas territoriales (pasó con las ocho Islas Canarias, sin ir más lejos), pero ¿quién es capaz de sobrevivir de otra forma en esta Humanidad en que nos hemos convertido? Muchos habían dado por perdido al ser humano décadas atrás y gracias a la mano firme del gobierno chinaponés logró sobrevivir.

Enrique Salvatierra nunca tuvo inteligencia suficiente como para entenderlo. Le cegó la ambición, el orgullo, los ideales metidos a punzón pico pala por la abuela en esas meriendas de galletas y café con leche que tanto añoraba. Él se pensó llamado a ser libertador de Gran Canaria, el que en los libros de historia quedaría como el más heroico de todos, ríete tú de Bentejuí, y terminó lanzándose al vació como el otro, pero él desde lo alto de una grúa del Muelle de La Esfinge. Pero eso es una historia que contaré otro día.

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