1.
Algunos decían que venía del moro, así, con esas palabras, los muy facciosos. Otros decían que no, que de “mucho más abajo, segurísimo”, del África negra, “llegaron con esos negritos en una de las pateras de esas”. Todos tenían claro una cosa -lo habían confirmado las autoridades-: el bicho aquel, una especie de oruga verde inhabitualmente gruesa, no era local, había sido importado y lo peor, se estaba comiendo todas las tabaibas de la isla hasta poner la planta endémica en grave peligro de extinción.
Se organizaron heroicas batidas. Medio Ambiente del Cabildo aprovechó la coyuntura para darse el pisto. Todo era en vano. Había que quitarlas de la planta ¡una a una! Y desde que ocurrió lo del dedo cercenado del voluntario se redujeron drásticamente las salidas. Todo esto confirmaba el dicho popular: “aquí todo el mundo es muy macho hasta que la cuca se echa a volar.”
Cuando los políticos no funcionan, los extremistas aprovechan para generar más caos. De un lado, la culpa es de la inmigración, que producía un efecto llamada -¡también de orugas!- que con el tiempo sería ingobernable. Del otro, no se podía atentar contra un lepidóptero del mundo natural. Y si hay mutaciones, como parece, esas consecuencias son propias del cambio climático, “así que los culpables son las petroleras multimillonarias, que los ricachones que han generado el problema paguen ellos la solución”.
Cuando los políticos no funcionan, los extremistas aprovechan para generar más caos
En el interior de la isla, los campurrios, desorientados y resignados como siempre, miraban por sus propios ingresos y se preguntaban, rosario en mano o mecánico amarillo en labio, qué sería lo siguiente que atacaría la oruga cuando ya no quede ni una sola tabaiba en pie. Unos decían los berros, otros los nísperos, tajinastes, las fresas. Otros lo tenían claro, irían a por las tuneras, ya muchas se veían marcadas -y totalmente podridas, decían- por ese polvillo blanco característico que en otros tiempos había delatado a la cochinilla hoy felizmente extinguida.
Preocupaba a la población haber visto a las orugas engordar más y, sobre todo, hacerse más grandes en tan corto lapso de tiempo. Y mucho más que las autoridades locales lanzaran alertas sin tino desde la sajada del dedo del voluntario de Medio Ambiente. Primero se prohibieron las actividades de senderismo en zonas de montaña, también las actividades escolares fuera del perímetro urbano de los pueblos. Después, establecieron perímetros en toda la zona rural, prohibiendo taxativamente el acceso, la población de la isla debía recluirse en las zonas urbanas y de costa.
Todo empezaba a ser muy raro, como si las autoridades supieran cosas que no habían comunicado a la población, obligada en fines de semana a abarrotar las playas y los centros comerciales. Es lo que rumiaba Emeterio a punto de dormir su siesta cuando dos bichejos de esos le subieron inadvertidamente por la pierna derecha a la velocidad del rayo. Al calmo y hedonista santaluceño no le dio tiempo a reaccionar desde que sintió ay uh ahhh un fuerte picor que pronto se transformó en intensísimo dolor, como nunca había sentido, y enseguida en pánico cuando alcanzó a tocarse con la mano izquierda el muñón de la pierna. Allí mismo murió desangrado. Igual que él, todos los vecinos de Ingenio de Santa Lucía.
Todo empezaba a ser muy raro, como si las autoridades supieran cosas que no habían comunicado a la población
Cuando las autoridades municipales entraron al pago de casitas blancas siempre soleado no podían creer lo que veían. De la tienda de Consuelito unas orugas del tamaño de un ser humano avanzaban como locomotoras verdes rompiendo ventanas y puertas. Hasta con las paredes podían. Pero pronto todo fue a peor. ¡Eran polillas! ¿Qué es ese zumbido? El batir de las alas de los invertebrados recién transformados hacía imposible permanecer cerca. ¡Retirada! gritó el sargento Gil, corrupto él, antes de que uno de aquellos enormes helicópteros de sonido ensordecedor posara una de sus ocho patas encima de su cabeza. Quién le diría al bravucón de Gil, acostumbrado como estaba a mandar en la zona con mano de hierro y gesto de egipcio, que acabaría sus días con la cabeza escachada por la pata peluda de una polilla gigante.
Bomberos, policías nacionales, locales y de la guanchancha, guardias civiles, hasta la UME enviada por la señora aquella. Quien probó suerte obtuvo muerte a cambio. Qué dos palabras tan enigmáticamente parecidas. Quien logró huir del caos sucumbió al llegar al barranco de Guayadeque, de cuyas cuevas restaurantes al final de la carretera salió otra división más de este poderosísimo ejército destructivo. ¿Pero cómo así, no se alimentaban de las plantas? ¿Eran esos bichos atroces que empezaron pareciendo inofensivas y hasta delicadas orugas verdes la mismísima encarnación del mal, Lucifer, Mefistófeles, su viva representación reptil y volátil sobre la faz de la tierra?
Para los hombres y mujeres que se los encontraron, sin duda. Sin ayuda exterior, con todo el arco político poniendo pies en polvorosa en vuelos improvisados a la Península, cualquier ser humano de la isla estaba condenado a morir, hoy sabemos que no quedó vivo ninguno.
2.
Sin humanos, Gran Canaria estaba más hermosa que nunca. Como consecuencia del tren de borrascas de los diez años siguientes, Anamaría, Belinda, Celedonio, Doramas, Eusebio, Fajardo, Gloria, Herminia, Ignacio, Jimena y así hasta 28 tormentas por año, las presas rebosaban agua como desde hacía décadas, con caideros que ríete tú de Iguazú, las palomas volaban posándose sin oposición en cornisas, balcones y esculturas, perros y gatos se cagaban alegremente en las esculturas de las rotondas. Desde el espacio exterior, un satélite ruso captó un rebaño de mil cabras pastando la seba de la playa de Las Canteras. Las estridentes cotorras habían certificado su supremacía en toda la zona centro y sur hasta el punto que difícilmente podía oírse el canto de otros pájaros silvestres. Y los conejos entraban y salían de sus madrigueras alegremente sin miedo, jugando a perseguirse entre carteles de coto de caza.
Así que las polillas gigantes de Gran Canaria, que en realidad eran sofisticados drones biomecánicos enviados por el ejército de la República Popular de Chinasia para dominar esta zona estratégica del Atlántico, crecieron y se multiplicaron en un escenario bello y propicio, dispuestas a terminar con todo que le opusiera resistencia.
Hoy, cincuenta años después, con la perspectiva que da el conocimiento de los hechos, sabemos que el motivo de las frecuentes escalas del presidente chino Xi Yin Ping en la isla los primeros años del siglo XXI formaba parte de un meditado plan de expansión del gigante asiático por todo el mundo, ocupando enclaves estratégicos.
Con el mundo dividido en tres potencias: los Estados Unidos de Israemérica; Rusiauropa y Chinasia; y el resto del planeta sometido a ellas repartido por zonas de influencia, la conquista china de Gran Canaria en 2072 exterminando a toda su población para convertirla en un lugar inmenso resort donde poder descansar la clase trabajadora chinasiática, formaba también parte del pacto para que el imperio asiático se quedará con el control de la mitad oeste de África una línea recta que empezaba al este de Libia en el norte y terminaba en Sudáfrica., partiéndola a la mitad.
De Gran Canaria, los chinasiáticos recuperaron toda su capacidad hotelera, intacta en muchos casos, y, en solo cinco años, realizaron algunas reformas “subterráneas y en la superficie”. Especialmente llamativo fue que tiraran abajo las urbanizaciones de Playa del Hombre, Hoya Del Pozo y La Garita, a excepción de la casa donde vivió la escritora china Sanmao, para convertir la zona en un gigantesco memorial dedicado a la autora de “Los cuadernos del Sáhara”, un recinto ajardinado donde predominaban enormes hortensias, ibiscos y esterlicias creadas en laboratorios.
Cerca de allí, a trescientos metros del Bufaero, se erigió una escultura de 97 metros, “mayor que la Estatua de la Libertad”, repetía orgullosa la propagada del régimen. Imagina la superficie que ocupaba que el acceso para las visitas empezaba a 200 metros hacia la costa de la tienda sueca de muebles Ikea, hoy convertida en enorme merendero de decoración nórdica donde se citaban los visitantes que hacían cola para adquirir su entrada.
Toda la franja norte, desde lo que antiguamente se conoció como Costa Ayala hasta Quintanilla, los chinasiáticos la transformaron en un enorme y frondosísimo huerto que regaban diariamente con nubes artificiales, el gran éxito del régimen, cuidado por ochenta mil expertos labrantes escogidos de las regiones rurales de Asia.
Todos vivían en la que había sido la capital de la isla desde Juan Rejón, ahora convertida en una ciudad dormitorio para acogerlos a ellos. De Las Palmas se tiró todo abajo, excepto los hoteles de más de tres estrellas, cuyas habitaciones eran ahora viviendas para los militares, funcionarios y agricultores de mayor rango. El resto dormía en los bloques típicos del régimen, rascacielos de cuarenta y dos plantas de altura, diez viviendas por planta, ocho ascensores, servicio de comedor y lavandería y una zona de esparcimiento con sala de televisión, casino, pequeños comercios y bares ocupando las plantas 10 y 11. Abajo, la ciudad era una enorme zona diáfana de cemento blanco y hormigón, con todo tipo de parques y zonas ajardinadas, lo que viene siendo un lujo asiático.
A trescientos metros del Bufaero se erigió una escultura de 97 metros, “mayor que la Estatua de la Libertad”
El hangar donde permanecían dormidas las polillas, un espacio subterráneo gigantesco, era además criadero de larvas de orugas más sofisticadas. El rumor más extendido era que se accedía a él a través de las cuevas de Acusa Seca. Se creía que ocupaba una superficie bajo tierra que alcanzaba Fagajesto.
El único superviviente de aquel acto brutal de exterminio fue un niño galdense -Enrique Salvatierra, “el hijo del del McDonald”- que consiguió escapar esquivando a las jaurías de perros de caza en la montaña de Ajódar. Desde ahí, un día de mar especialmente bravío, fue testigo de cómo tres divisiones de polillas gigantes, más de cinco mil efectivos, se elevaban a la altura del faro de Sardina rumbo a Tenerife.
No sé sabe cómo Enriquillo sobrevivió a la masacre de más de un millón de personas en menos de dos semanas, entre nativos y turistas, pues después se supo que los monstruos estaban equipados con radares ultrasónicos capaces de rastrear con total precisión humanos en un radio de treinta kilómetros. Tampoco como resistió años solo en la enorme Cueva de Sansón en el dorsal de Ajódar. La leyenda dice que vivía dentro de pieles frescas de perros. Y que desde esas cuevas inició la reconquista de la isla. Pero eso es una historia que contaré otro día.