“The Paper Club, la nueva sala de conciertos de Las Palmas donde hasta las monjas mueven el esqueleto”, nueva entrada en Viajeros Urbanos de El País


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La nueva colaboración con Viajeros Urbanos de El País, la extensión online del suplemento El Viajero, publica hoy una entrada titulada Rock en una antigua rotativa de Las Palmas sobre The Paper Club, la nueva sala de conciertos de Las Palmas de Gran Canaria. Ojalá que los cuatro socios que se han unido para sacar a flote el barco sepan mantenerlo muchos años navegando. Las Palmas de Gran Canaria necesita un lugar así. Y es la única ciudad de Canarias que puede mantenerlo sin tener que recurrir a ayudas públicas. En Canarias las ayudas públicas han ayudado a lo público a fagocitar a la sociedad civil. ¿Alguien pensó alguna vez que debía ser diferente? Solo los restos han llegado a los ciudadanos. ¡Qué gusto da siempre conocer en las islas iniciativas donde los ciudadanos dialogan sin intermediarios!

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Ser colaborador, -es decir, escribir para un periódico sin estar en la redacción, es decir, no tener la oportunidad de editar los textos que escribes-, añade un plus de incertidumbre -que a veces es zozobra- al proceso. Durante el tiempo que pasa entre que envías el texto y lo ves publicado estás vendido. Alguien -y muchas veces no sabes quién es- tiene en sus manos lo que tú más quieres. En ese momento crees en Dios y rezas porque a esa parte de ti no le pase nada malo.

Llevo veinte años colaborando con diferentes medios. Algo mágico ocurrió cuando hace nueve empecé a colaborar con El País. La zozobra desapareció. Podía acostarme por la noche pensando qué le habría pasado al texto, cómo iban a quedar reproducidas las fotos o maquetada la página, pero tenía siempre una más que razonable seguridad de que si habría cambios serían siempre a mejor. O estaban plenamente justificados. Tú, ingenuo y confiado lector, pensarás que eso es lo normal, o al menos debería serlo. No es así. La falta de profesionalidad en algunos casos, la precariedad laboral en otros, hacen que muchas veces los cambios se hagan sin justificar, sin avisar y bajando la calidad del material que has enviado. Es un hachazo en el alma.

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El nuevo texto en Viajeros Urbanos, que hasta esta publicación ha sido compartido más de 300 veces en Facebook y es el cuarto más visto de la sección, ha sido posible gracias a la amable gestión del responsable de prensa de la sala, quien me guió una noche por la sala y me facilitó el material necesario. Fue esa noche cuando uno de los socios del local, casi sin querer, como quien no quiere la cosa, hablando del pasado del local me aportó una fascinante información que usé en la versión que envié al periódico, a sabiendas de que la manera en que estaba formulada podía ser polémica, o no bien vista. Que podía ser cercenada.

Y entendí que finalmente lo fuera, porque el muy atento compañero que se encarga de estos asuntos en El País no se limitó a meter la tijera. Me lo comunicó por escrito y, porque el tema tenía miga, lo hablamos por teléfono durante un rato. A mí me daba tanta pena que me costó asumirlo. Hoy, a modo de extra de la entrada finalmente publicada, añado este primer párrafo que fue modificado. Lean las dos versiones y si tienen tiempo y paciencia traten de descubrir qué cambió. Igual que me explicaron a mí los motivos, estoy dispuesto a hacerlo con quien lo solicite. Aquí va. Sobra decir que esta es mi versión preferida. El título era el de esta misma entrada:

“Cuenta una leyenda que el lugar donde se ubica el patio de The Paper Club, la nueva sala de conciertos de Las Palmas de Gran Canaria, en el número 10 de la calle Remedios del barrio de Triana, fue siglos atrás un camposanto de monjas. De ser cierto, sus vibraciones tienen que estar haciendo bailar de forma frenética esos huesos. Sí está acreditado que la casa de dos plantas donde se ubica es mucho más antigua del año que señalan oficialmente sus escrituras, 1906. Y, también, que la primera vez que temblaron sus paredes fue con el infernal traqueteo de la rotativa de un periódico, el Diario de Las Palmas. Aquella máquina ocupaba poco espacio y por eso la casa era también ebanistería y tienda de muebles. Muchas décadas después el lugar comenzó a dedicarse al negocio de la noche y fue una de las salas más emblemáticas de los 90, Floridita, la primera franquicia fuera de Cuba de la cuna del daiquirí habanera. De aquel local conserva lo mejor, el amplio patio con vegetación tropical entre altísimos muros de piedra regados de plantas trepadoras. Un paraíso con barra de copas y sofás de polietileno iluminados con led azules en su interior.”

Aquí accedes al texto finalmente publicado.

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