Rodar la lucha del pueblo waorani por sus derechos en el Amazonas


El documental “Waoranis: guardianas de la Amazonía“, actualmente en fase de iniciar la edición, explora la lucha de la nacionalidad indígena waorani por recuperar sus derechos sobre la selva del Amazonas. El español Manuel Cardenal y la ecuatoriana Luisana Carcelén lo dirigen. Pasaron tres meses y medio entrando y saliendo de la selva, en contacto con la Asociación de Mujeres Waorani (AMWAE), que son las que lideran la lucha. Este reportaje se realizó después de una entrevista con Manuel Cardenal en su casa de Las Palmas de Gran Canaria, donde pasa unas semanas antes de volver a la capital ecuatoriana de Quito.

Manuel Cardenal, en la terraza de la casa familiar en Las Palmas de Gran Canaria, el lunes pasado. / LUIS ROCA ARENCIBIA

Manuel Cardenal, en la terraza de la casa familiar en Las Palmas de Gran Canaria, el lunes pasado. / LUIS ROCA ARENCIBIA

Lo primero que hizo Manuel Cardenal (Las Palmas de Gran Canaria, 1977) al llegar a su ciudad natal después de tres meses y medio en el Amazonas ecuatoriano filmando su documental sobre la comunidad indígena waorani, actualmente a punto de iniciar la fase de montaje, fue darse un baño en la playa de Las Canteras. Durante esos días en el mayor pulmón del planeta, con una superficie de 5.500 millones de kilómetros cuadrados, Cardenal entraba en la selva por las ciudades de Shell, Coca o Puyo en bloques de “ocho, seis o cuatro días, dependiendo de la distancia, la complejidad para llegar al lugar y las fuerzas que tuviéramos, la mayoría de las veces solo con mi socia y codirectora, Luisana Carcelén, aunque cuando había que registrar sonido se nos sumaba la también ecuatoriana Cristina Arias, alias La pantera, gran experta en grabar en condiciones al límite”.

La ecuatoriana Luisana Carcelén en una canoa en el Amazonas. / MANUEL CARDENAL

La ecuatoriana Luisana Carcelén en una canoa en el Amazonas. / MANUEL CARDENAL

Shell fue fundada en las faldas del Amazonas por la petrolera homónima. La escultura de la rotonda principal, en vez de la habitual dedicada a algún vecino ilustre, representa una torre petrolífera. Desde alguno de sus aeródromos, -“en realidad son pequeñas áreas abiertas de césped”, aclara Cardenal-, parten las pequeñas avionetas a las comunidades waorani de Nemonpade y Toñempade. El canario y la ecuatoriana entraban a la selva con un equipo reducido muy ligero. Además del sonido cuando les acompañaba La pantera, tres cámaras: una Canon 6D, una Sony de televisión y una minúscula GoPro que asían a sitios desde donde, seguramente, nunca se había filmado. Por ejemplo, a la frente de un sexagenario waorani en taparrabos rojo y con una cerbatana de dos metros de largo que escala sin más ayuda que sus brazos y piernas un árbol tan alto como un edificio de cinco plantas en busca de monos que cazar. También grabaron con el teléfono móvil de Cardenal, que permite hacer tomas bajo una lluvia intensa y sumergido metro y medio bajo el agua.

Desde los ríos Coca y Napu, que acarician la ciudad de Coca, hay acceso a otras comunidades. “Aquello es monumental. Los túneles por dentro de las montañas son interminables y llueve dentro del agua que se filtra de la selva. En la ciudad de Puyo nunca dejó de llover intensamente. Su nombre significa “niebla” en quechua”.

Guerrero waorani con cerbatana a la caza de monos en la selva. / MANUEL CARDENAL

Guerrero waorani con cerbatana a la caza de monos en la selva. / MANUEL CARDENAL

“El premio es que los waorani nos abran las puertas” declaró Manuel Cardenal a este mismo periodista en julio de 2015, cuando acababa de recibir el premio del concurso convocado por el Centro Nacional de Cinematografía de Ecuador en ‘Fomento Cinematográfico Intercultural’, consistente en la financiación parcial del documental “Waorani: Guardianas de la Amazonía”. El galardón había sido otorgado por un jurado formado por la actriz peruana Magaly Solier, el cineasta boliviano Alfonso Gumucio y el documentalista de Ecuador Pocho Álvarez.

“El proyecto ha crecido mucho desde entonces”, explica Cardenal. Ocho meses estuvo con Carcelén preparando el viaje entre Las Palmas de Gran Canaria, Madrid y Quito. “Organizar la logística del rodaje ha sido lo más difícil del proyecto, con muchas dudas por las localizaciones, la lejanía y con la financiación por cerrar”.

Hoy el documental es una producción de Catarata Films con la Asociación de Mujeres Waorani (AMWAE). El Cabildo de Gran Canaria, La Selva Jungle Ecolodge, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Estación Cientifica Yasuní, la Asociación Mojo de Caña y Gutemberg Digital han apostado hasta ahora por los cineastas. A medida que se va conociendo el proyecto nuevos socios y empresas contactan para interesarse.

“En unas semanas, viajaré a Madrid para unas reuniones. Después vuelvo a Quito a iniciar el montaje. Allí grabaremos los testimonios de unos expertos que faltan y haré una nueva entrada a la selva, para grabar por última vez y porque la echo de menos, será un placer personal”. Sobre su baño en la zona del hotel Reina Isabel de Las Canteras nada más pisar su ciudad, Cardenal explica: “Tenia muchas ganas de meter mi cuerpo en el mar después de todas las heridas y reflexiones que me traje del Amazonas. El océano, como la selva, es una fuerza de la naturaleza. Tenemos la suerte de vivir en una ciudad que da la cara al mar. Una vez, de adolescente, estuve a punto de ahogarme en unas mareas del Pino por la zona del Ñoño. Me salvó la suerte, como siempre”.

Manuel Cardenal muestra fotos a indígenas waoranis con la camiseta de la Unión Deportiva Las Palmas. / CATARATA FILMS

Manuel Cardenal muestra fotos a indígenas waoranis. Llama la atención en la foto que vista la camiseta de la Unión Deportiva Las Palmas. / CATARATA FILMS

MELANCOLÍA

Las petroleras han entrado en el Amazonas a buscar el oro negro y en su destrozo también han arrinconado a los habitantes de la selva. Antes los convirtieron a la religión católica. Hasta finales de los años 50 del siglo pasado, los waorani no habían sido contactados por el hombre blanco. El primer encuentro fue en la zona del Yasuní, hoy Reserva Mundial de la Biosfera. “Un misionero católico llegó sobrevolando el lugar en avioneta desde la ciudad de Shell. Solo y con un altavoz desde el que les hablaba en idioma waorani, avisando que volvería”. Regresó. Los waorani se dividieron y el misionero, que murió lanceado unos años más tarde, cristianizó a los que quisieron pactar. Detrás vinieron las carreteras.

Hoy hay ciudades con zonas que se han despoblado, las petroleras buscan el maná en otros lugares. “Con la civilización llegaron los vehículos, el cemento, la electricidad, pero una de las cosas que más choca es la cantidad de iglesias en la selva, grandes, medianas, pequeñas, abandonadas, a medio construir. Algunos ecuatorianos dicen que son como sectas. El catolicismo en esta zona es muy incisivo”.

En la historia de lo que hicieron los waorani que se negaron a negociar con el misionero lanceado palpita el más hermoso misterio. “Se les llama los ‘no contactados’. Son los clanes de Taggaera y Taromenani. No tienen reparos en matar a quien intente acercarse a su territorio. Hace poco se dio el caso de un matrimonio waorani que navegaba con su hijo en canoa por uno de los cientos de ríos que hay en la zona cuando, de pronto, el hombre murió en el acto, lanceado. La mujer, sin embargo, sobrevivió, aunque también recibió el impacto de una lanza que la tiró al agua. Cuando logró llegar al hospital donde pudieron tratarle le dijeron que sobrevivió por medio centímetro. Y también que los asesinos habían sido niños. La razón de por qué estaban tan seguros es porque los no contactados adultos nunca fallan. Al haber cada vez menos territorio virgen, los no contactados pierden capacidad de movimiento”.

También hay que hablar del grupo de los contactados a la fuerza, “gente mayor casi toda que no ha podido huir del hombre blanco. Estos hombres y mujeres hablan de la selva con mucha melancolía”.

Manifestantes waoranis, Weya Cawiya es la mujer que sujeta el megáfono. / MANUEL CARDENAL

Manifestantes waoranis, Weya Cawiya es la mujer que sujeta el megáfono. / MANUEL CARDENAL

ELLAS LUCHAN

Filmar a los waorani es hablar de su lucha, de eso trata el documental. “Sus comunidades están bastante dentro en la selva, unas más occidentalizadas que otras. También tienen presencia en las ciudades. La única forma de que existan para el estado ecuatoriano, y puedan así defenderse, ha sido registrándose como nacionalidad indígena. Pero ellos históricamente son nómadas, tienen unos pies impresionantes, enormes y con la destreza de unas manos. Trabajo para contar la lucha de la mujeres waorani”, continúa Cardenal.

“Porque ellas son las que se han echado el problema de su pueblo a las espaldas. Los waorani nunca han contado en el momento de negociar cualquier cuestión que tenga que ver con su tierra, ese derecho a decidir sobre lo que ellos consideran su casa se les ha robado. Ellas lo que buscan es preservar su cultura, que los niños puedan vivir lo que ellas vivieron, que disfruten de la selva. Entendieron que el documental podía ser una buena idea para que su voz se escuchara más lejos y más alto”.

ALICIA ES WEYA CAWIYA

Le pregunto a Manuel Cardenal por los que participan en el documental aportando su testimonio. “Algunas líderes waoranis nos hablan de la vida en la selva, sus tradiciones orales, mitos y leyendas. Obviamente, también de su problemática y cómo se organizan. Como testimonio destaco el de Weya Cawiya, Alicia en su nombre occidental, una mujer muy valiente. Hace unos años fue invitada por el presidente Rafael Correa a hablar en la Asamblea Nacional de Ecuador, la mayor instancia política del país, y, por lo visto, el discurso que había pactado fue muy distinto a lo que en realidad dijo. Con su vestimenta tradicional, delante de todo el país, en una comparecencia difundida por los medios de comunicación, explicó de forma directa y cruda la realidad de engaño y usurpación del territorio que ha estado viviendo el pueblo waorani desde hace más de medio siglo”.

Mujeres waorani de celebración. / MANUEL CARDENAL

Mujeres waorani de celebración. / MANUEL CARDENAL

DE FIESTA

Lo diferente de los waoranis es, sobre todo, su forma de pensar. “En la selva vas a lo elemental”, señala Cardenal. “Qué hora es, qué tareas tienes por delante y dónde se van a hacer. En medio juegan. Hay muchísimo tiempo para lo que nosotros llamamos ocio. Los niños pasan esos momentos subiéndose a los árboles. Así practican a cazar monos con la cerbatana, que es parte importante de su dieta, junto al tapir, frutos y el pescado que capturan con curare en zonas controladas de los ríos. La chicha es yuca mezclada con saliva que mastican y escupen para después comerla entre todos”.

“Hay que tener en cuenta que ellos están siempre descubriendo, porque en la selva los sitios cambian a las pocas horas de haber estado”. Cardenal aprovechó algunos momentos de descanso para fijarse en los waorani sin ser visto. “Son personas bastante felices, gente que sonríe mucho, que se tocan mucho, sobre todo las madres a los niños. Y organizan muchas fiestas, como un momento para bailar, cantar, conocerse. Lo llaman así, “fiestas”, en español, y se ponen muy guapos. De estar prácticamente desnudos en el día a día, en las celebraciones se cubren de raíces y otros ornamentos como pintura, que extraen de una semilla, coronas y pulseras en muñecas y tobillos. Tienen un sentido muy alegre de la vida”.

Después está el tema del ritmo al hablar y la forma de expresarse. “En un rodaje el tiempo es el principal enemigo y ellos son muy lentos, tanto para traducir como para formular las preguntas y responder”. Lo que Cardenal quiere decir es que los waorani a menudo se van por las ramas. “Esperar a que acaben sus a menudo larguísimos parlamentos sin saber qué se te está diciendo y sin poder moverte en medio de una nube de mosquitos es una tortura por mucha protección que lleves”.

Manuel Cardenal, tomanda imágenes de la selva en una torre de observación, a 40 metros sobre el suelo. / LUISANA CARCELÉN

Manuel Cardenal, tomanda imágenes de la selva en una torre de observación, a 40 metros sobre el suelo. / LUISANA CARCELÉN

INMENSIDAD

“Fue un seis de diciembre de 2015, en pleno verano amazónico”, dice con el brillo del recuerdo todavía en el rostro. “La primera entrada a la selva fue en lancha y me impresionó desde el principio. Llevaba cuarenta minutos en aquel río y empezaba a entender que la exuberancia era imparable. Asumí la magnitud imposible del lugar: es infinitamente más grande de lo que uno pueda imaginar”.

Le pregunto por momentos de especial impresión. “En avioneta entre Quito y Coca, una vez nos tocó sobrevolar la llamada avenida de los volcanes. Son setenta volcanes alineados, aunque yo desde mi ventana vi solo cuatro, más grandes que el Teide cada uno, un cuadro de una belleza absoluta. De repente aquel pequeño aparato donde solamente íbamos nosotros y el piloto dio un giro para aterrizar. Pasamos tan cerca de la montaña que pensé que no lo contaba. La llegada en carretera cuando entras desde el oriente de Ecuador sobrecoge, cruzas una inmensidad verde. Mi socia me ha recordado varias veces el momento cuando mis ojos miraban la selva por primera vez, como quien estaba ante un gran descubrimiento”.

“La noche en la selva es espectacular”, continúa. “Si de día le tienes que tener respeto, imagina a oscuras. Caminas con una luz frontal asida a la frente, tienes que mantenerte muy alerta, apenas ves. Te das cuenta de lo dormido que tienes los sentidos. Allí se te multiplican, sobre todo el oído, es el que te alerta de las cosas que te rodean. Identificas qué escuchas y a qué distancia se encuentra, se convierte en una herramienta muy importante”.

Caimán en una laguna de la selva del Amazonas. / MANUEL CARDENAL

Caimán en una laguna de la selva del Amazonas. / MANUEL CARDENAL

EL PAICHE

En el imaginario occidental la selva es peligro, hombres y mujeres semidesnudos, lianas, humedad, plantas que no dejan ver el sol. Y muchos animales. “La selva es vida por todos lados. Sea volador, reptil, trepador, nadador. Los animales lo inundan todo de forma abrumadora. Y tienes que tener en cuenta algo que no se da en ningún sitio como aquí: estás en su territorio. La selva hay que respetarla, hay que ser muy humilde, es tan hermosa como peligrosa. Cuando te has dado un pateo de unas horas, cuando has entrado por caminos estrechos en zonas profundas, todo es vida. La densidad vegetal puede hacerte sentir que te falta el oxígeno. Lo que piensas que es un rama puede ser un animal, y al revés. Cada decisión para grabar, plantar el monopie, siquiera dar un paso, hay que tomarla después de poner mucha atención en lo que te rodea”.

Especie de seta amazónica. / MANUEL CARDENAL

Especie de seta amazónica. / MANUEL CARDENAL

En el imaginario occidental de la selva tampoco fallan los mosquitos. “Están creados para destrozarnos la piel, no la de los waoranis, esa está encallecida, ellos apenas los sufren. Todos los insectos son más grandes y exuberantes que lo que conocemos, las hormigas congas tienen el tamaño de un dedo índice, hay mariposas del tamaño de una bandeja.”

Pero si hubo un animal que le cortó la respiración a Manuel Cardenal es el paiche, del que apenas hay rastros en Internet. “Es una especie de gamba marrón gigante. Estábamos en una laguna enorme de las miles que hay, grabando recursos de paisajecon un indígena quechua en una canoa muy frágil cuando, de repente, notamos una vibración en la barca y vemos salir del agua unas burbujas más grandes que esta mesa”, dice señalando una mesa cuadrada de un metro de lado a lado. Era el paiche respirando. “Nos vimos de pronto navegando en medio de una familia de estos bichos. En un momento, a solo dos metros de distancia, asomó una parte del tronco del que debía ser uno de los adultos. Tres o cuatro escamas enormes, gruesas, en total aquella especie de gamba debía medir tanto como un coche. Es el rey de la laguna, nadie le hace sombra, y estábamos en su terreno, se movía rapidísimo, mientras nosotros éramos muy lentos. Con un latigazo de la cola podía perfectamente tirarnos al agua”.

Manuel Cardenal, Luisana Carcelén y Cristina Arias (derecha), entre mujeres y niños y niñas waoranis. / CATARATA FILMS

Manuel Cardenal, Luisana Carcelén y Cristina Arias (derecha), entre mujeres y niños y niñas waoranis. / CATARATA FILMS

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3 pensamientos en “Rodar la lucha del pueblo waorani por sus derechos en el Amazonas

  1. Über 40 Jahre habe ich die Huaorani besucht, und deren Lebensgewohnheiten in Büchern und Filmen dokumentiert. Ihr “Reisebericht” ist eine Selbstdarstellung! Die Huaorani werden in “Touristen-Bekleidung” zur Schau gestellt, sind billige Statisten, die auf Anweisung handeln. Dieses tapfere Volk hat das nicht verdient, sind Bettler im eigenen Land.

    • Guten Tag, es ist die Darstellung des Regisseurs, nicht meines. Und er macht seinen Dokumentarfilm einverstanden mit einer ecuatorianischen Regisseuring und den Waorani Frauen, die für ihren Land kämpfen. Was Ich erzähle ist der Eindruck seines ersten Reise in Amazonas. Aber Ich schreibe nicht dass er der Einzige ist. Grüsse .

  2. Extraordinaria labor y experiencia. Lo Waorami, únicos en el mundo, civilización virgen que ojalá no se extinga muy rápido.
    Abrazo a la batalladora de mi sobrina Luisana, al Cardenal de Las Palmas y a Cristina.

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