La asombrosa historia del grumete canario de “Moby Dick”


Manuel Marques Santana interpretó a Pip en el rodaje en Las Palmas del filme de John Huston con Gregory Peck. De familia humilde, una sucesión de acontecimientos casuales le hizo escalar peldaños en el negocio turístico hasta crear Canyrama, una de las principales empresas del sector de la década de los 80 en las Islas Canarias.

La versión como se publicó en La Provincia el 17 de febrero de 2026. / LUIS ROCA

A Manuel Marques Santana el primer apellido se lo suelen escribir acabado en zeta y con acento en la a, pero va sin acento y termina en ese por el origen mozambiqueño de su padre, Manuel Marques Gomes, compositor y profesor de música, nacido en una familia pudiente con plantaciones de caña de azúcar en el país del Cuerno de África frente a la isla de Madagascar. Marques Gomes llegó a Gran Canaria en 1935 con 18 años huyendo de una algarada en su país, “se metió de polizón en un barco y así llegó aquí. Aquella revuelta dispersó a su familia para siempre, supe de un tío mío que vivía en Nueva York, pero nunca lo conocí”, me relata en el amplio salón de su casa en Tafira.

En Las Palmas, su padre se casó con Carmen Santana García, “de familia de pescadores”. Tuvieron tres hijos, Miguel, el primogénito, fallecido en 1993 a los 56 años; Olivia, de 86 años; y Manolo, que así lo llama todo el mundo, el menor, de 84 años. La primera casa familiar estuvo en la calle Molino de viento, cerca de la Plaza de la Feria. La segunda, en Escaleritas. Es donde vive Olivia, que padece una enfermedad senil. Manolo se encarga de cuidarla.

De izquierda a derecha, de arriba abajo, Carmen Santana, Manuel Marques Gomes, Miguel Marques, Olivia Marques y Manolo Marques. / ARCHIVO FAMILIAR

En “Moby Dick”, Manuel Marques Santana interpretó al grumete Pip, el más joven de los tripulantes del Pequod, el barco ballenero capitaneado por Ahab (Gregory Peck) que persigue a la ballena blanca. Tenía trece años. El británico Tamba Allen, nacido en 1941 como Marques, fue el otro actor que hizo el mismo personaje, durante los rodajes fuera de Canarias. La participación de Manuel Marques en el rodaje demuestra, como se había dicho hasta ahora, que en Las Palmas no solo se filmaron las secuencias de la caza final de Moby Dick y el epílogo con Ismael asido a un ataúd en el mar. En Las Palmas las escenas sobre la cubierta del Pequod, con Gregory Peck, Marques y otros actores de la película, se filmaron en decorados construidos sobre gabarras.

Especialmente llamativa es la escena con el capitán Boomer (James Robertson Justice) rodada también en Las Palmas. Los marineros han salido en las barcas balleneras persiguiendo una manada que ha sido avistada por Ismael (Richard Basehart). Persiguen y arponean varias ballenas. Cuando regresan al Pequod, Ahab, en la cubierta, avista un velero, el Samuel Enderby, que se acerca. Boomer sube al barco. Ahab le pide al grumete Pip (Manuel Marques) que le sirva ron. En el diálogo con Ahab, Boomer, que lleva una prótesis con un arpón en el brazo izquierdo, le cuenta que ha tenido dos encuentros con la ballena blanca, pero que no le ha dado caza. Le da la información de la ubicación de Moby Dick y Ahab ve confirmadas sus teorías. Ahab, fuera de sí, da orden a los marineros para que regresen inmediatamente al barco dejando las cinco ballenas cazadas en el mar y emprender la ruta. Boomer sale precipitadamente del barco. El primer oficial Starbuck (Leo Genn) intenta hacerle entrar en razón, pero Ahab, con gesto fiero, se impone. “Mr. Starbuck, ¿me desobedece? Sepa que hay un solo Dios en el cielo y un solo capitán en el Pequod. Zarpamos. Soltad las amarras.” Desde las barcas, el segundo oficial Stubb (Harry Andrews), confuso, no entiende que su capitán quiera perder lo capturado, pero obedece ante la firmeza de Ahab.

Marques conserva del rodaje una carta de recomendación de la productora inglesa Elstree Pictures Limited. Como no sabía nadar, se contrató a su hermano mayor Miguel y a él le dieron un bañador que se inflaba al contacto con el agua. “Nos llevaban cada mañana al muelle Santa Catalina, una lanchita nos alcanzaba a una gabarra, ahí pasábamos todo el día, hasta las cuatro de la tarde.” Un día, una ráfaga de viento voló una montaña de dólares de la mesa en la que John Huston y Gregory Peck jugaban al póker durante las pausas. Sin pensárselo, Miguel se lanzó al mar y recuperó todos los billetes. “Mi hermano no olvidó nunca la propina que le dio Peck, con billetes no recuerdo si de 20, 40 o 60 dólares. Estuvo expuesta en casa de Miguel toda su vida, enmarcada, como si fuera un cuadro.”

Manuel Marques, con 11 años, mientras trabajaba como botones en el Lido. / ARCHIVO FAMILIAR

El primer trabajo de Manolo había sido a los once años, durante ocho meses como botones del Lido, la piscina con restaurante y sala de fiestas del hotel Metropole. “Era el local de más categoría de Las Palmas, donde hoy está el aparcamiento junto a las oficinas del ayuntamiento”, recuerda. “Ganaba treinta y dos duros al mes, pero los fines de semana se hacían fiestas, iban los hombres más ricos de la isla y las propinas eran grandes. En esos días ganaba entre doscientas y trescientas pesetas, un montón de dinero.”

Tres años después de su trabajo en el Lido, ocho meses después del rodaje de “Moby Dick”, Manolo pasó a ser contratado como botones en el hotel Santa Catalina bajo la tutela del jefe de conserjería, Pedro Ferrón. “Aprendí muchísimo de él,” afirma. El turismo que venía a Las Palmas era de alto poder adquisitivo y las propinas muy suculentas.” Un día, un matrimonio, los de Boer, hablaron con Ferrón, querían llevarme con ellos a Suiza. Los conocía porque cada mañana los atendía, ellos me decían “guten Morgen” -que yo no sabía lo que significaba- y me daban una moneda de cinco francos suizos, que era muchísimo dinero. Acepté ir sin saber de qué se trataba, soy una persona que cuando decide algo lo ejecuta”.

Marques contó la decisión a sus padres y, por primera vez, viajó. Era marzo de 1956. “Fui solo. Un avión me llevó a Barcelona con escalas en Casablanca y Málaga. Al día siguiente otro me llevó a Zúrich. De allí me llevaron en coche a Lucerna, a cien kilómetros.” En Suiza, la temperatura media en marzo no llega a los seis grados. “Yo no sabía lo que era el frío, ni la nieve. Todo estaba blanco. Aquello me cambió la visión que tenia de la vida.”

Manolo Marques en su etapa de botones del hotel Santa Catalina

Canarias Express

Los De Boer -él holandés, ella suiza- querían a Manolo para trabajar de ascensorista en los grandes almacenes de su propiedad, en una nueva tienda “toda de cristal” que iban a inaugurar. “Era una familia muy importante. Me alojaron en una habitación más grande que este salón en el que nos encontramos, con un tren eléctrico montado. Se habían encargado de comprarme ropa para vivir allí. Al día siguiente me prepararon un desayuno impresionante. Me hablaban, pero yo no entendía nada.”

Le pusieron una profesora de alemán y español los nueve meses que pasó en Lucerna, hoy sigue hablando con fluidez el idioma de Goethe. “Gina Porlenza se llamaba mi profesora”, dice con brillo en los ojos. “Los ascensores también eran de cristal. Trabajé solo una semana, por la inauguración. El resto del tiempo lo pasé conviviendo con la familia. Tenían tres hijos algo mayores que yo, Peter, Lambert y Gaby, que me trataron como un hermano. La cantidad equivalente a lo que yo ganaba en el hotel Santa Catalina, propinas incluidas, lo mandaban todos los meses a mis padres. Nunca hubiera imaginado la posibilidad de vivir como un rico.”

Al poco de llegar de Suiza, en enero de 1957, con 16 años, Marques Santana empezó a trabajar en Canarias Express, la agencia de viajes que había gestionado su desplazamiento. La empresa, en la calle León y Castillo, entre Lope de Vega y Núñez de Arce, se había establecido en 1951. Fue de las primeras agencias turísticas de Gran Canaria, impulsada por el francés André Jean Hefti, que, además de cónsul de Mónaco en Canarias, tenía la representación de la marca de motos Vespa y competía en rallies. “Hefti siempre fue conmigo una bella persona,” afirma. La relación fue tan estrecha que el francés fue el padrino de la boda de Manolo con Estrella Matos Gil el 20 de mayo de 1971. “En mi primera etapa en Canarias Express aprendí muchísimo de Hefti, pero fue con mi siguiente trabajo, como director de la agencia tinerfeña Solymar, donde comencé a hacerme un experto.”

Marques inventó los tours nocturnos por Las Palmas, en tartana y con guitarrista incluido.

Tras dos años en Solymar, defraudado por unas expectativas que no se cumplieron, Marques regresó a Canarias Express. “Hefti me requirió para una cita en su casa a través de su hija Krista, porque había perdido mucho volumen de negocio en mi ausencia. Mi condición era despedir a todo el personal. Aceptó y me quedé solo con toda la oficina, con la ayuda de Krista, en esa época trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche,” recuerda.

No fue la primera vez que Marques tuvo que tomar decisiones drásticas con empleados. Setra es una marca de guaguas alemanas de prestigio mundial. Canarias Express tenía siete en propiedad y, a medida que se iba incrementando el negocio, las guaguas volvían a trabajar. Así empezaron a llegar “grupos de 140 personas de madrugada. Necesitábamos ir a buscarlos al aeropuerto. Sin embargo, los chóferes se negaban a trabajar de madrugada.”

Marques puso a todos los conductores en fila y les insistió. El primero volvió a negarse, lo despidió de forma fulminante. “Los demás cambiaron inmediatamente de opinión. Manolo Martel, que así se llamaba el chófer despedido, me denunció ante el sindicato vertical. Antes de celebrarse el juicio me lo encontré. Lejos de mostrarse agresivo, se disculpó conmigo. Años más tarde, cuando el señor Hefti necesitó comprar una nueva guagua porque la demanda seguía creciendo con excursiones a Tejeda, Maspalomas y Agaete, lo llamé. Me lo agradeció con lágrimas en los ojos. Fue un trabajador ejemplar y una magnífica persona. Descanse en paz.”

En Canarias Express como director general, Manuel Marques vivió los últimos años del franquismo y el principio de la Transición con gran intensidad. “Trajimos los primeros grupos de estadounidenses, era un turismo de clase alta que se alojaba como máximo una semana en los hoteles Santa Catalina, Metropole o Monopol. Se me daban bien las relaciones públicas. En los años 70 había multitud de discotecas en Las Palmas, buenos restaurantes, como El Pote en Mesa y López, Juan Pérez en La Puntilla, la discoteca con música en vivo Costa Bella, en lo que hoy es el Club Victoria, la discoteca Las Cuevas y el Whisky Club en Alcaravaneras, el cabaret Flamingo y la discoteca La Caleta en Ciudad Jardín, las discotecas de los hoteles Concorde y Reina Isabel. Fueron años de mucha batalla, de noches largas y días largos también,” remata.

Canyrama

En esa segunda etapa con Marques al frente Canarias Express se convirtió en líder del sector. “Era exigente con los empleados,” señala. El último ministro de Información y Turismo de la dictadura, León Herrera, le entregó la placa al mérito turístico para Canarias Express en 1975, el mismo año que la recibió el arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre. Pero Manolo sentía que había tocado techo. Terminó su relación laboral con Canarias Express en 1979. Pactó con Hefti su salida bajo la promesa, “sellada con un apretón de manos”, de que no competiría con él en su mismo negocio. Su nuevo frente sería el cambio de divisas, un negocio floreciente por la gran cantidad de turistas escandinavos que visitaba Las Palmas. Así nació Canyrama.

Su participación en el rodaje de «Moby Dick» en Las Palmas demuestra que en la secuencia se filmaron más secuencias que la de la caza final del cachalote.

El 15 de noviembre de 1979, Marques abrió oficina en el número 49 de la calle Nicolás Estévanez, en el distrito del Puerto. “Mi capital eran 100.000 pesetas. El dinero se me acababa en seguida. La demanda era muy grande y todos los días iba muchas veces a cambiar dinero al banco Banesto del parque Santa Catalina.” Un día se le acercó alguien de la entidad. “Era Pepe Artiles, el subdirector. Cuando supo el motivo por el que acudía tantas veces, me puso un millón de pesetas en la cuenta”. A sus 38 años, su vida daba otro giro. “Empecé a ganar unas 20.000 pesetas al día, era muchísimo dinero.”

El pacto de Hefti y Marques se rompió el día que Manolo recibió una llamada de Tom Armstrong, director de contrataciones de uno de los touroperadores que más turistas traía a Canarias. Al día siguiente, en un viaje relámpago, se reunió con él en Londres. “Tengo treinta mil turistas ingleses dispuestos a viajar a Canarias de vacaciones y Canarias Express no me responde”, me explicó, “necesito que abras oficinas en Gran Canaria, Tenerife, Fuerteventura y Lanzarote. Le dije que no tenía liquidez y me respondió que al día siguiente tendría en mi cuenta diez millones de pesetas.”

Ese otoño de 1979, con España sumida en la inestabilidad económica, la tensión social y el terrorismo, fue especialmente acelerado de la vida de Marques. En apenas unos meses abrió oficinas en las cuatro islas con teléfono y télex. Precisamente, las líneas telefónicas, que en aquellos tiempos tardaban años en entregarse, las recibió Marques en pocos días gracias a su relación personal con un jefe de Telefónica. “¡Entonces para hablar entre las islas tenías que hacer señales de humo, había que esperar horas para hablar con Tenerife después de solicitar una conferencia, y para poderse entender había que hablar gritando!”, recuerda. Aunque Hefti al principio no aceptó el movimiento de Marques, al final se plegó ante sus argumentos: “no te he quitado tu negocio, pero si alguien viene a tocar en mi puerta, yo se la abro,” le dijo.

Tour nocturno

Canyrama empezó a recibir los primeros turistas la Semana Santa de 1980. En España, ese año se recuerda como el «año de plomo» debido a la extrema actividad terrorista de ETA. En Canarias, los políticos seguían trabajando en el Estatuto de Autonomía, que se aprobaría 3 años más tarde, y los sures de Gran Canaria y Tenerife continuaban su rápida expansión como destinos internacionales. “En el verano del 80 estaba recibiendo 11.000 turistas entre todas las islas. En el 84, facturaba dos mil millones de pesetas. Funcionaba de fábula. Llegué a tener diez oficinas, en todas las islas menos El Hierro y La Gomera. Recibíamos a los turistas en el aeropuerto, reservábamos los hoteles y les organizábamos las excursiones.”

Fue invención de Manolo Marques el tour nocturno por Las Palmas. “Empezaba en tartana, con guitarrista incluido, en el parque Santa Catalina y llegaba al Herreño, en Vegueta, que era una tasquita. Allí les dábamos churros de pescado, pata de cerdo, papas arrugadas y un vino muy peleón de El Hierro, salían contentísimos.” El tour seguía, ya en guagua, en la sala Altavista, donde hoy está la iglesia coreana, y donde el padre de Manolo era el director de la orquesta. “De ahí los llevábamos al Caobo, un cabaret por Manuel Becerra. De ahí la guagua los devolvía a los hoteles, aunque el cincuenta por ciento de los hombres que iban solos volvían por su propia cuenta.”

Canyrama, creada en 1979, facturaba en 1984 dos mil millones de pesetas.

Esa fue la década de los 80 de Manolo Marques, con España felipista recuperando su posición en el mundo y Europa. Con Canarias ya erigida en autonomía y el nacionalismo, aún testimonial, empezando a formarse a través del insularismo. Con la ciudad de Las Palmas empezando a perder un empuje que no ha recuperado. En aquellos años, Marques pasaba seis meses al año en un avión. “Viajaba por toda Europa, tocaba las puertas de las empresas, me presentaba, les decía que venía de Canarias a ofrecerles mis servicios y así conseguía, uno a uno, los clientes.”

Manolo abrió el mercado portugués en las islas negociando con Abreu, la empresa del sector más importante del país de Amalia Rodrigues. “Los turistas venían desde Oporto, Lisboa y Madeira. De Alemania trabajaba con Fischer Reisen, que traía 700 personas semanalmente.” La prensa de 1987 informa de que Canyrama tenía 75 empleados. “Pagaba muy bien. Además, al final de cada año, repartía un diez por ciento de los beneficios en importantes gratificaciones entre todos los empleados.”

Desde Canyrama, Marques también abrió el negocio del turismo con Italia. Y lo más trascendente, trajo a Canarias el turismo de congresos. “Hice congresos anuales de las empresas Phillips, Bayer, Ademco y Team Travel en el Gloria Palace de San Agustín. En Gran Canaria, llegué a hacer unas treinta convenciones. Una vez traje a 450 personas al hotel Salinas de Lanzarote, técnicos de maquinarias de todas las partes del mundo, incluso venían con sus propios aviones.”

Como no sabía nadar cuando rodaba «Moby Dick», le dieron un bañador que se inflaba al contacto con el agua

El campo está exuberante tras el paso hace unos días de la tormenta Emilia. “Nunca había visto caer tanta lluvia aquí”, dice mientras paseamos por la finca. No todo fueron días plácidos en la vida profesional de Manuel Marques Santana, el grumete canario de “Moby Dick”. Al contrario, pagó con severidad algunos errores que cometió, dice, “por exceso de confianza”. Hoy vive con lo esencial, una pensión para cubrir sus necesidades básicas y su familia: su mujer Estrella; sus hijos Elizabeth y Óliver; su nieta Carla; su perra boxer Nova; su gato Baloo; una cobaya y los peces del acuario.

Su casa, al final de un estrecho camino vecinal en pendiente serpenteante, está camuflada en un paraje privilegiado con vistas al valle El Parrao y el amplio mar. Cuenta con piscina -hoy abandonada- y un huerto que da naranjas, peras, uvas moscatel, granadas, ciruelas, nísperos, aguacates, higos, guayabos y zapotes. También romero, hierbabuena, cilantro, cebollas… “Empecé de muy jovencito, abriendo caminos y ayudando a mucha gente”. Le leo la frase, con la que pienso terminar, y me puntualiza: “Muchas gentes”, para que lo escriba en plural. Con ese al final, como su apellido, que muchos se empeñan en escribirlo con zeta y acento en la a, pero es sin acento y terminado en ese, por el origen mozambiqueño de su padre.

Manolo Marques Santana, en diciembre de 2025 en el hotel Santa Catalina. / LUIS ROCA

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