La Isleta de los tesoros: descubre el espacio que hay que recuperar para Las Palmas de Gran Canaria


Con el título “La Isleta, acceso restringido“, publiqué en EL PAÍS el viernes 13 de junio en su versión de papel y online un versión de este texto sobre La Isleta en Las Palmas de Gran Canaria. Ahora lo comparto en su versión original completa para quien tenga interés. El título original es “La Isleta de los tesoros“. Va acompañado de una selección de fotos que ilustran la ruta. Fueron tomadas en dos excursiones que realicé a la zona en octubre y marzo pasado.

Hay quien opina que La Isleta se ha podido conservar gracias a la ocupación militar del espacio desde 1898. Es cierto. Pero más gente argumenta que 116 años son demasiado tiempo. El lugar está hoy protegido, lo que impide la construcción, y la sensibilidad social es otra. Hay muchos ciudadanos que creen que la imposibilidad de acceder al espacio es un anacronismo que permite actuaciones indebidas fuera de la vista de la comunidad. Una Isleta abierta al tránsito es el más importante logro al que se enfrenta Las Palmas. Se ha hablado del gigantesco parque que supondría para una urbe que arrastra una merecida fama de disponer de pocos espacios verdes. Ahí está el parque de los tesoros, pelado, negro y rojizo, prácticamente intacto, esperando a su apertura para poder rendir homenaje a todos los ciudadanos que han vivido y muerto en Las Palmas sin conocerlo.

 

Las tres montañas de la península de La Isleta, en el extremo noreste de Gran Canaria, componen un triángulo isósceles cuyo vértice apunta al Sáhara Occidental, tras el horizonte a 240 kilómetros de distancia en dirección sureste. Las montañas más viejas nacieron de estallidos de La Tierra en el Pleistoceno Inferior. Todas están en zona militar. No pueden visitarse a no ser que te apuntes a rutas concertadas por clubs deportivos. Confite es uno de ellos. Puedes contactar a través de confite@clubdeportivoconfite.com.

Imagina una ciudad cinco siglos abierta al mundo que, sin embargo, mantiene cerrado al paso su espacio natural más preciado desde hace 116 años. Es Las Palmas. La Isleta fue antes un islote que una acumulación de arena de millones de años terminó por unir a Gran Canaria. De sus 462 hectáreas de superficie protegida 454 están bajo tutela militar. Es lo que visitaremos, una explanada de ruda piedra volcánica donde sobresalen tres montañas, del Vigía, del Faro y Colorada (también llamada Quemada). El mar bate contra La Isleta desde hace dos millones y medio de años. Entonces no había militares, claro que en el Pleistoceno tampoco existía España. A finales del siglo XIX, tras el Desastre del 98, la pérdida de Cuba y Filipinas multiplicó la importancia geoestratégica de Canarias. Y motivó la ocupación militar hasta hoy.

Patearemos diez kilómetros durante cinco horas. Encaminamos los primeros pasos hacia la Montaña del Vigía por una pista de tierra entre balos y vinagreras. Un disciplinado ejército de ciento setenta y nueve palomas maniobra sobre nuestras cabezas. Identificamos fácilmente la montaña por la enorme antena de comunicaciones rojiblanca que se hunde en su morrillo como clavada por un banderillero. Es la más joven y cercana a la ciudad de las tres. Por detrás es un cráter abierto. Desde lo más alto oteaba el horizonte un vigía al menos desde el siglo XVIII. Entonces La Isleta era propiedad de la Iglesia. En 1736 pasó a manos del Ayuntamiento. Antes de la conquista de Gran Canaria por la Corona de Castilla (1478-1483), una loma más baja situada al naciente de esta montaña también había ejercido de cofa de los aborígenes canarios para alertar de la llegada de embarcaciones.

Las vistas desde El Vigía son el primer tesoro de La Isleta. A 219 metros de altura, el itsmo de Guanarteme parece una garganta a la que han apretado demasiado fuerte el nudo de la corbata. Entre asfalto y cemento, las playas de Las Canteras y Las Alcaravaneras –una a cada lado- quedan como los últimos restos de lo que fuera, hasta el siglo pasado, un enorme campo de dunas de resplandeciente arena rubia. Detrás, la ciudad extiende los brazos a la isla con generoso ofrecimiento, una extremidad doblándose hacia al noroeste, la otra estirándose al sur. Ningún lugar como este tampoco para comprender la primacía del puerto de La Luz en el Atlántico.

Bajamos la montaña por su cara norte haciendo equilibrios sobre un piso resbaladizo. El negro del suelo hace más luminoso el verde de cardones, tuneras y tabaibas. En el valle nos espera el paisaje más hermoso, el segundo tesoro de La Isleta. La zona recuerda a Timanfaya en Lanzarote. El silencio abruma. El azul del mar asoma por las laderas de los montículos pelados que nos rodean. Sin referencias de civilización, nos sentimos más cerca que nunca de la nada. Recordamos a la viajera inglesa Olivia Stone cuando tras una visita a esta zona a finales del siglo XIX dejó constancia de la “sensación ligeramente sobrecogedora que siempre produce un paisaje de picos volcánicos.” La escritora victoriana visitó Canarias en septiembre de 1883, justo el mismo año que se habían iniciado las obras del puerto. El 26 de febrero de 1883 es la fecha fundacional del puerto de La Luz y del popular barrio de La Isleta, que se multiplicó desde entonces para su construcción.

Un malpaís es un trozo de tierra, negro y rojizo, formado por rocas volcánicas que el paso del tiempo ha ido erosionando. Aquí nada más que lluvia, sol y viento durante milenios. En La Isleta se conservan los más bellos de Gran Canaria. Pero un malpaís también es un calvario para los tobillos. Y un horno si el sol pega. A la caminata hay que venir provisto de botas de montaña, gorra y crema protectora. Caminamos hacia la montaña del Faro, la más alta de las tres. La vida se abre paso en forma de pequeñas margaritas solitarias que asoman por los agujeros de las rocas de lava. Un enorme conejo pelirrojo de piel atigrada nos adelanta y se pierde en el interior de un tubo volcánico. La Isleta es un paraíso para ellos.

Nos desviamos buscando una atalaya que nos permita ver la costa. Atravesamos Las Hoyas, zona de pequeños cráteres alineados, y llegamos a una atalaya coronada por un muro bajo semicircular. Las vistas desde aquí alertan de lo urgente que es la recuperación del lugar. Destripa el alma comprobar cómo el malpaís se ha convertido en una planicie grisácea sobre la que circulan camiones cargando piedras. Si en 1987 la zona fue declarada Parque Natural, una legislación de 1994 elevó la categoría a Paisaje Protegido, aunque propició también que, a finales del mismo año, este redujera sus lindes dando amparo legal a esta actuación. En La Isleta se ha contabilizado una veintena de canteras, pero la que se oculta tras lo que parece un precipicio delante del Roque Ceniciento es tan grande que se distingue en las fotos tomadas desde los satélites.

De camino a la Montaña del Faro dejamos a la izquierda Montaña Pelada, un hermoso montículo redondeado de 150 metros de altura que es como un diviesillo a punto de explotar en la piel de La Isleta. El color predominante de la tierra torna de negro a rojizo. Asoman las primeras vistas de la espectacular vertiente norte. Camino al faro, una parada en un promontorio junto a otro búnker nos permite divisar el mar como desde ningún otro lugar. Estas vistas del Atlántico son otro de los tesoros de La Isleta. No hay más tierra tras el horizonte inasible que el Polo Norte. Debajo nuestra, bajo las olas, delante del Roque Ceniciento, La Catedral es un preciado lugar de buceo por las enormes burbujas submarinas que forman las rocas. Seguimos con la vista el brillo producido por el reflejo del sol en el plumaje de las pardelas que sobrevuelan la zona y llegamos hasta La Hondura, una dentellada en la costa cuyas paredes prismáticas recuerdan los tubos de un órgano.

La Montaña del Faro no es visible desde muchos puntos de la ciudad por ser la más alejada, pero es, por un metro, la más alta. Mide 240. Cuesta arriba dejamos a mano izquierda unas construcciones militares para el avistamiento de barcos diseñadas por Leonardo Torriani a finales del siglo XVI. Al lado, restos de una antigua cuadra de caballería del ejército del siglo pasado. Los vestigios militares de La Isleta son de máximo interés. El cuarto tesoro. Mirando al mar a diez millas en dirección este podemos buscar con la imaginación el punto donde el submarino alemán UC-20 hundió al navío portugués Emilia durante la Gran Guerra, el 17 de noviembre de 1916. Diecisiete náufragos fueron traídos a la ciudad. Y por todo el lugar, búnkeres, casamatas y nidos de ametralladoras construidos en 1941 como respuesta a la Operación Pilgrim durante la Segunda Guerra Mundial. El plan, supervisado por el propio Winston Churchill, contemplaba una invasión de Canarias por el ejército Aliado en el caso de que Franco entrara en la contienda y ocupara Gibraltar.

El haz blanco del faro de La Isleta tiene un alcance luminoso de 45 millas náuticas. Está producido por una lámpara de halogenuros metálicos de 1000 vatios. Apoyados en el edificio de una planta rectangular de doce por veintiún metros que lo alberga (antiguamente almacén, taller, oficina y vivienda del torrero) comprobamos que la torre cónica que lo corona, de 4,2 metros de diámetro en su base, se levanta apenas 8,9 metros del suelo. La señal -tres tiros durante cinco segundos y un cuarto tiro al cabo de siete segundos, en una secuencia que se repite tres veces por minuto- se activa y apaga por una fotocélula que mide la luminosidad. La luz del faro da su nombre al puerto de la ciudad. Es también su habitante más longevo. Su quinto tesoro. Cuando empezó a funcionar en 1865 se encendía su llama usando aceite de oliva como combustible. En 1967 se electrificó la linterna y a partir de 1990 se automatizó, dejó de tener farero. En 2015 será su ciento cincuenta cumpleaños.

La subida más empinada de la ruta nos conduce a Montaña Colorada. Mide 239 metros y es, en sí misma, un fantástico cofre que esconde otro tesoro de muchos quilates. La inclinadísima pendiente entrecorta la respiración del viajero mientras descubre una tierra bermeja donde asoman teniques peinados con musgos entre tabaibas jóvenes. También, muestras del último reducto de orchilla, liquen estropajoso del que se extraía el púrpura para el tinte de todo tipo de paños desde la Antigua Roma. En lo más alto de la cresta, sorprenden la forma alargada de la cima y el vertiginoso escarpe que la secciona en dirección norte. Un inexpugnable precipicio cae hacia la costa norte del Confital. El isletero Juan Manuel Hernández ha guiado la ruta, nos advierte de un anacoreta que lleva treinta años viviendo en completa soledad por esta zona. Los testigos que lo han visto afirman que vive en cuevas y se pasea desnudo. No es peligroso

Una vieja trinchera con forma de efe excavada en lo alto de la cima nos conduce hasta su otro extremo. Aquí descubrimos los restos de una antigua cantera de piedra anterior a la Conquista de Gran Canaria. Es una de las siete más importantes que se han encontrado por distintos puntos de la isla, pero esta, gracias a la ocupación militar, permanece casi intacta. La cantera se desplomó en uno de sus lados y ha dejado el taller al raso. En el suelo una enorme roca de toba volcánica inclinada muestra las trazas redondas de las piedras extraídas a base de golpearla a mano con picos de basalto por trabajadores especializados. Podemos palpar muestras de estas piedras grises afiladas de hasta veinte centímetros de largo y dos kilos de peso. Las hay esparcidas por el suelo.

Cerramos los ojos. El clan clan clan producido por el choque violento de las dos piedras resuena en nuestra mente transportándonos seis siglos en el tiempo. Los surcos en la toba son el negativo de las ruedas de piedra, de entre treinta y cincuenta centímetros de diámetro, que se convertían en muelas de molinos de mano, esenciales en el ajuar doméstico de aquellos canarios anclados en el neolítico. Con ellas aplastaban la cebada para obtener la harina que una vez tostada llamaban gofio. El alimento siguió siendo sustento esencial de la población canaria hasta mediados del siglo XX, aunque con los siglos la cebada se sustituyera por otros cereales como el trigo y el maíz.

Así apareció el reportaje en EL PAÍS, con referencias en la portada del diario y del suplemento El Viajero. "La Isleta, acceso restringido" fue subiendo puestos entre Lo Más Leído de la sección, hasta ocupar durante todo el domingo 15 el segundo lugar. A fecha de hoy ha sido compartido 1.021 veces en muros de usuarios Facebook.

Así apareció el reportaje en EL PAÍS, con referencias en la portada del diario y del suplemento El Viajero. “La Isleta, acceso restringido” fue subiendo puestos entre Lo Más Leído de la sección, hasta ocupar durante todo el domingo 15 el segundo lugar. A fecha de hoy ha sido compartido 1.021 veces en muros de usuarios Facebook.

 

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10 pensamientos en “La Isleta de los tesoros: descubre el espacio que hay que recuperar para Las Palmas de Gran Canaria

  1. Pingback: El documental “La Isleta: 1883-1993” cumple 25 años | El Blog de Luis Roca

  2. Pingback: Un paseo por el risco de San Nicolás de Las Palmas de Gran Canaria | El Blog de Luis Roca

  3. Magnífico reportaje; por el texto y por las fotos. ¡Genial! Y descubrimiento precioso; inestimable, para quienes nos hemos pasado toda la vida “por aquí” sin descubrir esas maravillas tan cercanas. ¡Tendrían (tendríamos) que conocerlo, apreciarlo, difundirlo, caminarlo…. todos los grancanarios, o veces tan despectivos de nuestras cosas por falta de sensibilidad o por ignorancia. Enhorabuena. Y (metiéndome en la conversación) hay que ser optimista para seguir avanzando; paso a paso; contra viento y marea. ¡Enhorabuena!

  4. Gran trabajo que merece una mayor difusión. Yo nací al pie de La Isleta, tengo 77 años y nunca pude acceder a ella. Este reportaje me ha mostrado lo que seguramente nunca podré ver sobre el terreno.
    Gracias

  5. Yo he planteado durante muchos años, precisamente eso, tanto en el barrio como en la red, que deberíamos ir recuperando poco a poco, la Zona Militar, para la ciudad y con fines de esparcimiento, nunca para edificar… Mayoritariamente la respuesta que he recibido es que, mejor es que se queden los militares, en general, los vecinos y muchos ciudadanos de Las Palmas no se fían de lo que pueda pasar si los militares abandonan La Isleta…

    La verdad que no hace tantos meses que después de estar analizando realizar un post para el blog, en el que hablará de esa idea de ir recuperando La Isleta al golpito, me di cuenta de que cada vez que los militares han perdido parte de la zona Militar esta se ha construido o usado con fines industriales…

    Por otro lado esta el tema de que los militares han conservado las montañas, pero sus usos y trabajo, son incompatibles con un Paisaje Natural Protegido… y por último esta el Puerto, que es en realidad el verdadero causante de los destrozos y canteras que salpican el Paisaje Natural…

    A mi me parece inconcebible que teniendo un lugar, que además de poder servir para esparcimiento y pulmón verde de la ciudad, pueda ser usado con fines turísticos, no se haga nada por avanzar y plantear que eso debemos recuperarlo, pero eso si, teniendo muchísimas precauciones porque podemos aclararle el camino a los especuladores…

    Un saludo

    • Sería una prueba para saber si 500 años después estamos lo suficientemente avanzados y maduros como ciudadanos y parte de una comunidad que se respeta a sí misma y sabe respetar el entorno. Yo apuesto por que la respuesta es “sí” y que tiremos adelante con la apuesta. En mi vida solo he estado 2 veces en los últimos 44 años, el descubrimiento ha sido brutal y sólo me parece que todos debemos compartirlo. Abrazo!

  6. Después de diversas conversaciones y pensar mucho sobre el tema, hay que tener en cuenta un pequeño detalle.
    Creo, y si alguien lo puede confirmar mucho mejor, ya que tampoco lo he estudiado a fondo que cada vez que los militares han perdido o cedido algún espacio de la Zona Militar de La Isleta, este nunca se ha usado para uso recreativo de los ciudadanos, El Sebadal en los años 70, se destinó a Zona Industrial, Las Coloradas en los años 60 residencial, Roque Ceniciento en los años 90, ampliación del Puerto de La Luz… Incluso, aunque no estoy seguro creo que los bloques de La Nueva Isleta eran Zona Militar en su día…

    La cuestión es que hasta ahora en estos 100 y tantos años de historia militar de La Isleta, lo que pierden los militares, o se edifica o se destruye…

    Yo soy un claro partidario de recuperar La Isleta, como parque natural y cultural, la ciudad lo necesita y La Isleta lo precisa con urgencia, pero tenemos que tener mucho cuidado, porque los que queremos proteger somos minoría frente a los que quieren especular…

    También hay que tener en cuenta otro detalle, la Isleta se expropio a los Bravo, que sucedería si los militares abandonaran La Isleta…

    Por otro lado la protección del Paisaje Protegido es más que insuficiente, los militares cuidan el paraje a su manera pero comenten errores, debido en parte a que el Plan que rige el Paisaje Natural Protegido de La Isleta no se aplica, y tampoco hay medios ni recursos para aplicarlo, por poner un ejemplo, en el Paisaje Natural de La Isleta, según el plan que lo rige, no se puede circular en coche…

    La pregunta que yo me hago continuamente es si somos una sociedad y tenemos unos dirigentes suficientemente maduros para hacer que los militares abandonen La Isleta… la verdad que tengo muchas dudas…

    Ojalá en el futuro podamos ver nuestra pequeña Timanfaya como se merece, con sus valores naturales y culturales protegidos y como un gran desahogo para esta ciudad que a ratos puede ser un poco asfixiante…
    Me salió un poco largo el comentario, disculpas… y sobre todo enhorabuena por el post y el artículo, a parte de ser muy buenos, dan a conocer una zona muy poco conocida…

    • Gracias por el comentario! Tremenda conclusión esa de si somos lo suficiente maduros para que lograr dar pasos adelante! Pero claro que una observación sensata. Soy ingenuo u optimista o ambas cosas, la solución deberá ser paulatina, pero lo que es inconcebible es que no haya avances, que la cosa no haya avanzado desde el Desastre del 98 clama al cielo, eso también nos deja con las vergüenzas al aire…. Lo que ocurre detrás también pasa más desapercibido porque la ciudadanía permanece ajena al destrozo…. Saludos!

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