“Bicicleta, cuchara, manzana” (Carles Bosch, 2010)


El político socialista catalán Pasqual Maragall comunicó públicamente que padecía la enfermedad de Alzheimer en octubre de 2007. En esa comparecencia habló claro: después de lograr como alcalde los Juegos Olímpicos para Barcelona y como presidente de la Generalitat el refrendo del Estatut catalán, ahora tocaba “ir a por el Alzheimer”. Como ciudadano. La enfermedad se asume que irá a más en el político, pero hay esperanzas de que en quince años se encuentre la forma de matar a la proteína enquistada en el cerebro que la provoca. No en vano, como se dice en el filme, hoy vive el noventa por ciento de todos los científicos que ha dado la historia de la Humanidad. Es apasionante pensar en lo que ocurriría si la cura llega y personas afectadas por la enfermedad vuelven a recuperar progresivamente la memoria perdida.

De los cuatro filmes nominados al Goya al Mejor Documental en 2011 uno era más necesario (Ciudadano Negrín, Sigfrid Monelón, Carlos Álvarez, e Imanol Uribe); otro contó con mayor potencia de producción (¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster?, Norberto López-Amado y Carlos Carcas), y otro era más delicado (María y yo, Félix Fernández de Castro). Y los tres vinculados con Canarias. Pero si finalmente el de Bosch se alzó con la estatuilla fue porque de los cuatro era el que mejor reunía de forma equilibrada parte de estos tres elementos. Bicicleta, cuchara, manzana es una producción de alto nivel técnico y presupuestario que traza una ruta por la enfermedad con paradas en Barcelona, Houston, Chicago, Rochester, Buenos Aires, Holanda y La India. Pero también es el retrato familiar de uno de los grandes políticos de la escena española contemporánea. El seguimiento a las mesas de especialistas y afectados por la enfermedad en el mundo -respectivamente, para señalar las características hoy de la enfermedad y dejar claro que el caso de Maragall no es más que uno entre millones- es lo más prescindible del filme; sin embargo, el viaje íntimo por una familia de la burguesía catalana le aporta momentos de emoción y poesía que distancia felizmente del reportaje televisivo a este filme que también participó en la Sección Oficial del pasado Festival de San Sebastián. Aunque muchos echaran en falta en la terna documentales más arriesgados, precisamente en ese riesgo está también la posibilidad de no optar a unos premios que favorecen la explotación comercial de los filmes.

Para el productor canario Andrés Santana, nominado este año doblemente con sus propuestas sobre Juan Negrín y Norman Foster, es la cuarta vez que el Goya al Mejor Documental se le escapa de las manos. La primera vez (¡Hay motivo!, 2004) frente a Fernando Trueba y su El milagro de Candeal. ¿Alguien se acuerda hoy de Carlihnos Brown? ¿Sigue en cambio vigente el atrevimiento de ¡Hay motivo! y su objeto de denuncia? Las tres veces siguientes con El último truco: Emilio Ruiz del Río, 2008; “¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster?” y “Ciudadano Negrín”. Curiosamente, si dos de estas tres propuestas del canario tenían el altísimo valor de recuperar la memoria de dos personajes trascendentales para la política (Juan Negrín) y el trucaje de cine (Emilio Ruiz) han sido dos documentales catalanes sobre la enfermedad de la desmemoria los que le han impedido llevarse a casa la estatuilla. Hace dos años frente a Bucarest. La memoria perdida, de Albert Solé. No hay que subestimar la circunstancia -adicional- de que el voto catalán es desde hace varios años una piña difícil de roer en los premios de cine más populares de España.

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